noviembre 02, 2026

Argentina 2027: el agotamiento de la grieta y la necesidad de una nueva esperanza

Tengo la sensación de que una parte cada vez más importante de la sociedad argentina está llegando a un punto de hartazgo. Y no me refiero solamente a la situación económica. Me refiero al cansancio de vivir enfrentados, de soportar malos modales, agresiones, insultos y promesas que, con el paso del tiempo, terminan convirtiendo la esperanza en desazón.

Los argentinos estamos cansados de la grieta. Cansados de que nos dividan entre kirchneristas y antikirchneristas, entre “cucas” y “libertarios”, entre buenos y malos, como si pensar diferente nos convirtiera automáticamente en enemigos.

La Argentina necesita recuperar algo mucho más importante que una discusión política: necesita recuperar la convivencia.

Desde mi perspectiva, el ciclo político del kirchnerismo está agotado. Y tengo la impresión de que el mileísmo también comienza a mostrar señales de agotamiento. Son experiencias muy diferentes, naturalmente, pero ambas han quedado atrapadas, cada una a su manera, en una dinámica de confrontación permanente.

El kirchnerismo tuvo oportunidades para resolver problemas estructurales que terminaron profundizándose. El mileísmo llegó prometiendo romper con ese pasado, estabilizar la economía y devolverle esperanza a millones de argentinos.

Pero estabilizar no es lo mismo que desarrollar.

Bajar la inflación es indispensable. Mantener el equilibrio fiscal también. Son condiciones necesarias para construir una economía saludable, y sería un error abandonar esos objetivos cada vez que cambia un gobierno.

Sin embargo, el equilibrio fiscal no puede convertirse en un fin en sí mismo ni alcanzarse a cualquier costo. Tiene que ser una política de Estado sostenible, acompañada por inversión, productividad, crédito, empleo y crecimiento económico.

Porque una economía puede mostrar mejores indicadores fiscales y monetarios mientras una parte considerable de la sociedad continúa padeciendo dificultades para llegar a fin de mes.

Y ahí aparece lo que vengo señalando desde hace tiempo: la Argentina del 30-70.

Una Argentina en la que determinados sectores, especialmente aquellos vinculados a actividades competitivas, exportadoras o de elevada productividad, encuentran oportunidades, mientras una mayoría percibe estancamiento, pérdida de poder adquisitivo e incertidumbre.

No se trata de una división estadística exacta, sino de una manera de describir una realidad económica profundamente desigual.

No podemos conformarnos con una Argentina donde a tres de cada diez les va bien y los otros siete apenas sobreviven.

El verdadero éxito de un programa económico no debería medirse exclusivamente por cuánto baja la inflación, cuánto se reduce el gasto público o cómo reaccionan los mercados financieros. También debería medirse por la capacidad de generar empleo privado, recuperar salarios, fortalecer a la clase media y ofrecer posibilidades de progreso.

Por eso creo que octubre de 2027 puede representar una oportunidad para iniciar una etapa política diferente.

Personalmente, considero posible que comience a consolidarse una alternativa de centroderecha, moderada, republicana y pragmática, que preserve aquello que debe preservarse —como la disciplina fiscal y la estabilidad monetaria—, pero que al mismo tiempo comprenda que ningún país puede desarrollarse indefinidamente con una economía estancada y una sociedad fragmentada.

Una alternativa que no necesite destruir todo lo anterior para construir algo nuevo.

Que entienda que las políticas de Estado deben sobrevivir a los presidentes.

Que comprenda que gobernar no consiste en humillar al adversario, sino en encontrar soluciones.

Y que tenga la madurez de reconocer los aciertos ajenos y corregir los errores propios.

Por supuesto, todavía falta mucho para octubre de 2027. Ni siquiera conocemos la totalidad de los candidatos y sería prematuro asegurar quién puede llegar a ocupar la Presidencia. La política argentina ha demostrado sobradamente su capacidad para sorprendernos.

Pero hay algo que, al menos desde mi percepción, comienza a quedar claro: existe una demanda de serenidad, previsibilidad y resultados concretos que merece ser escuchada.

No alcanza con prometer que esta vez será diferente. Los argentinos ya escuchamos demasiadas veces esa frase.

Necesitamos instituciones sólidas, reglas claras, responsabilidad fiscal, crecimiento económico y una dirigencia que abandone la necesidad permanente de encontrar enemigos.

Y, fundamentalmente, necesitamos que la esperanza vuelva a transformarse en bienestar y no, una vez más, en frustración.

Mi deseo para octubre de 2027 no es simplemente que cambie un presidente o un partido político. Es que la Argentina empiece a cambiar su manera de hacer política.

Porque después de tantos años de enfrentamientos, promesas incumplidas y oportunidades desperdiciadas, quizás haya llegado el momento de entender algo elemental:

No necesitamos otra grieta. Necesitamos un país.

octubre 29, 2026

El Banco Central ve una recuperación. ¿La economía real también?

El Banco Central presentó su Informe de Política Monetaria correspondiente al tercer trimestre de 2026. El diagnóstico oficial transmite optimismo: continuidad de la desinflación, recuperación de la actividad económica durante el último trimestre y perspectivas de mayor estabilidad monetaria.

Hasta ahí, las buenas noticias.

Pero hay una diferencia sustancial entre estabilizar variables nominales y construir una economía que genere crecimiento sostenido, inversión productiva y empleo de calidad.

El BCRA reconoce que la actividad económica retrocedió durante el tercer trimestre, aunque espera una recuperación significativa hacia fin de año. También advierte sobre presiones inflacionarias vinculadas con los precios de la carne, las tarifas y los combustibles.

Es decir, el propio organismo admite que la recuperación todavía no está consolidada.

La estabilidad es necesaria, pero no suficiente

Nadie puede discutir seriamente la importancia del orden fiscal y monetario. Argentina sufrió durante décadas las consecuencias de financiar desequilibrios mediante emisión y endeudamiento.

Pero tampoco podemos aceptar que el equilibrio fiscal constituya, por sí solo, un programa integral de desarrollo económico.

Una economía puede mostrar superávit fiscal mientras buena parte de su estructura productiva permanece estancada.

Puede reducir la inflación mientras los ingresos familiares siguen deteriorados.

Y puede exhibir estabilidad cambiaria mientras numerosas empresas pierden competitividad frente al exterior.

El verdadero desafío no es solamente estabilizar los precios. Es conseguir que esa estabilidad permita producir, invertir y trabajar.

El problema del crédito y las tasas de interés

El Banco Central sostiene que su política monetaria buscará acompañar la recuperación de la demanda de dinero y facilitar la acumulación de reservas internacionales.

Es un objetivo razonable.

Sin embargo, el interrogante fundamental continúa siendo cómo transformar la estabilidad financiera en financiamiento genuino para la economía productiva.

Sin tasas reales compatibles con la rentabilidad de las empresas, difícilmente exista una expansión sostenida del crédito.

Y sin crédito, las pequeñas y medianas empresas encuentran enormes dificultades para financiar capital de trabajo, ampliar instalaciones o incorporar trabajadores.

El tipo de cambio y la competitividad

Otra discusión pendiente es la competitividad cambiaria.

La reducción de la inflación no elimina automáticamente los problemas derivados de una estructura de costos elevada en dólares.

Argentina necesita exportar más, diversificar su producción y competir internacionalmente.

Eso requiere productividad, infraestructura, menor presión tributaria y un tipo de cambio que no se transforme en un obstáculo adicional para numerosos sectores.

No se trata de defender devaluaciones permanentes. Se trata de comprender que la competitividad no puede sostenerse indefinidamente sobre el ajuste de los márgenes empresariales o del poder adquisitivo de los trabajadores.

Las reservas: una condición indispensable

El BCRA considera que existen condiciones para abastecer la demanda de dinero mediante compras de divisas, favoreciendo la acumulación de reservas.

Este punto merece especial atención.

Una economía como la argentina, con antecedentes recurrentes de crisis externas, necesita fortalecer su posición de reservas para disminuir su vulnerabilidad financiera.

Pero acumular reservas debe ser parte de un programa consistente, no simplemente un objetivo declarado.

La credibilidad se construye con resultados verificables.

La clase media no puede quedar afuera

El problema central del programa económico no se resuelve exclusivamente observando la inflación mensual, el riesgo país o las cotizaciones bursátiles.

También debemos mirar el poder adquisitivo, el consumo, el empleo privado y la supervivencia de las pequeñas empresas.

Porque una recuperación concentrada en pocos sectores, especialmente aquellos de elevada intensidad de capital y limitada generación directa de empleo, puede mejorar las estadísticas agregadas sin producir una mejora equivalente en la vida cotidiana.

Y ese es uno de los riesgos que considero más importantes.

Reflexión final

El Banco Central tiene motivos para defender los avances en materia de estabilización monetaria. Negarlos sería tan equivocado como exagerarlos.

Pero la Argentina necesita superar la discusión permanente sobre la inflación y comenzar a debatir seriamente su capacidad de crecimiento.

No alcanza con ordenar las cuentas públicas si el sector privado no encuentra condiciones para expandirse.

No alcanza con estabilizar el dólar si la estructura productiva pierde competitividad.

No alcanza con proyectar una recuperación si esa recuperación no se traduce en mejores ingresos y oportunidades.

La estabilidad monetaria debe ser el punto de partida del crecimiento, nunca su sustituto.

Porque, finalmente, el éxito de un programa económico no debería medirse únicamente por los números que presenta el Banco Central, sino por la cantidad de argentinos que pueden vivir mejor gracias a esos resultados. 

octubre 25, 2026

CUANDO LA MOTOSIERRA AMENAZA CON DEVORARSE AL LIBERALISMO

La Argentina de Milei: menos inflación, una estabilización inconclusa y una clase media bajo presión.


Editorial de Pronóstico Bursátil | 25 de octubre de 2026


Hay una pregunta que me hago desde hace tiempo: ¿puede considerarse exitoso un programa económico que reduce la inflación, pero no consigue recuperar de manera sostenida y generalizada el consumo, la producción, el crédito y el poder adquisitivo de la clase media?


Porque una cosa es bajar la inflación. Otra, muy diferente, es estabilizar una economía.


Y mucho más difícil todavía es construir las condiciones para que esa economía vuelva a crecer de manera sostenida.


Javier Milei llegó al poder levantando las banderas del liberalismo, la motosierra y la eliminación de los privilegios. Sin embargo, después de casi tres años de gestión, considero que corresponde preguntarse cuánto hay de liberalismo en el programa económico que efectivamente se está aplicando.


A mi juicio, lo que tenemos es un esquema de ajuste fiscal, restricción monetaria y administración de las condiciones financieras y cambiarias que consiguió resultados nominales, pero todavía no resolvió varios de los desequilibrios estructurales argentinos.


Y los números merecen una mirada que vaya más allá de la inflación.


La economía real también vota


Según el INDEC, la inflación de septiembre de 2026 fue del 1,9% mensual.


Es un resultado que no corresponde desconocer. Reducir la velocidad a la que aumentan los precios es importante, especialmente después de la crisis inflacionaria que atravesó la Argentina.


Pero mientras se celebra ese indicador, otros datos describen una realidad bastante menos confortable.


El Estimador Mensual de Actividad Económica de agosto cayó 1,7% interanual. En términos desestacionalizados avanzó apenas 0,1% respecto de julio.


Las ventas reales de supermercados retrocedieron 3,7% interanual en agosto y acumularon una caída del 2,8% en los primeros ocho meses del año.


En los autoservicios mayoristas, la contracción interanual fue del 3,6%.


Los centros de compras, en cambio, mostraron una mejora interanual del 3,7% en agosto, aunque todavía registraban una caída acumulada del 1,2% en el año.


Estos números no describen una economía homogénea. Describen sectores que avanzan y otros que siguen retrocediendo.


Y detrás de esas estadísticas hay familias, comerciantes, trabajadores y pequeñas empresas.


La clase media: de motor económico a administradora de privaciones


La Argentina construyó buena parte de su identidad social alrededor de una clase media con aspiraciones de progreso.


La vivienda propia, la educación de los hijos, el automóvil, las vacaciones y la posibilidad de ahorrar eran parte de ese horizonte.


Hoy, para muchas familias, la discusión es bastante más elemental: cómo llegar a fin de mes.


Una familia de cuatro integrantes que alquila en la Ciudad de Buenos Aires, mantiene un automóvil económico y afronta sus gastos habituales puede necesitar, según el presupuesto familiar que elaboramos como ejemplo, alrededor de $2.900.000 mensuales.


Sin vacaciones. Sin ahorro. Sin gastos extraordinarios.


Solamente alquiler y alimentos representan aproximadamente el 60% de ese presupuesto ilustrativo.


Por supuesto, no todas las familias gastan lo mismo y ese cálculo no reemplaza una canasta oficial. Pero permite dimensionar una realidad que las estadísticas agregadas no siempre reflejan.


Y hay otro dato que resulta imposible ignorar: en el primer semestre de 2026, el 32,3% de las personas relevadas en los 31 aglomerados urbanos se encontraba por debajo de la línea de pobreza.


No se puede confundir una inflación menor con una recuperación automática del bienestar.


Que los precios aumenten más despacio no significa que bajen. Y que una familia consiga alimentarse no significa que pueda sostener su nivel de vida.


La clase media no necesita únicamente estabilidad nominal. Necesita ingresos, empleo, crédito y expectativas de progreso.


Caputo, Bausili y un programa que considero inconcluso


Luis Caputo y Santiago Bausili no son dos funcionarios que se conocieron cuando Milei asumió la Presidencia.


Trabajaron juntos durante años en el sector financiero y estuvieron vinculados a la consultora Anker Latinoamérica antes de incorporarse a esta administración.


Esa trayectoria compartida es relevante para comprender la coordinación entre el Ministerio de Economía y el Banco Central.


Ahora bien, el problema no es su pasado profesional. El problema es el resultado y la sostenibilidad de las políticas que implementan.


Desde mi perspectiva, el programa avanzó en la corrección fiscal y en la desaceleración de la inflación, pero quedó a mitad de camino en aspectos esenciales de una estabilización duradera.


La acumulación genuina de reservas netas, la normalización financiera, la recuperación de la demanda de pesos, el desarrollo del crédito y la competitividad de los sectores productivos siguen siendo cuestiones decisivas.


El Gobierno sostiene que el equilibrio fiscal, la disciplina monetaria y las reformas estructurales permitirán consolidar el crecimiento.


Es una hipótesis que merece ser evaluada por sus resultados, no por sus promesas.


Porque un programa económico no puede juzgarse solamente por la evolución de una variable.


¿Estabilidad cambiaria o postergación de los ajustes?


Acá aparece, para mí, uno de los interrogantes más importantes.


La Argentina tiene una larga historia de utilizar el tipo de cambio como instrumento para moderar la inflación.


Cuando el dólar aumenta menos que los costos internos, los precios medidos en dólares pueden subir y la competitividad de determinadas actividades puede deteriorarse.


Eso no significa que exista un único tipo de cambio de equilibrio ni que una devaluación sea necesariamente la solución.


Significa que debemos analizar si la estructura de precios relativos es sostenible.


El Instituto Interdisciplinario de Economía Política de la UBA y el CONICET estimó que, pese a la estabilización reciente del tipo de cambio real, su nivel continuaba aproximadamente un 28% por debajo del promedio histórico de largo plazo.


No es una prueba de que el dólar deba subir inmediatamente un porcentaje determinado. Pero sí constituye una señal que merece atención.


A eso se suma la discusión sobre la forma en que se compran reservas y se absorben pesos.


Recientemente, el economista Ricardo Arriazu advirtió que determinados mecanismos de acumulación de divisas pueden desplazar financiamiento del sector privado cuando la demanda de dinero no acompaña.


Y un análisis del IERAL de Fundación Mediterránea señaló las tensiones entre tres objetivos: acumular reservas, profundizar la desinflación y reactivar la actividad.


En otras palabras: no alcanza con comprar dólares. También importa cómo se financian esas compras, qué sucede con el crédito y qué costo soporta la economía real.


Mi hipótesis es que, si no se resuelven esas tensiones, tarde o temprano será necesario revisar aspectos del esquema cambiario, monetario y financiero.


No puedo afirmar cuándo ocurrirá ni anticipar una corrección brusca como si fuera un hecho consumado.


Pero tampoco considero prudente confundir la calma de una cotización con la resolución definitiva de los desequilibrios.


¿Esto es liberalismo?


Para mí, esta es una discusión que el propio liberalismo debería dar.


Una economía liberal no se define exclusivamente por reducir el gasto público o restringir la emisión monetaria.


También necesita competencia, reglas previsibles, inversión, seguridad jurídica, apertura de oportunidades y condiciones para que la iniciativa privada pueda desarrollarse.


Si una estabilización depende de una restricción monetaria prolongada, un mercado financiero condicionado y una economía doméstica que no logra recuperar su dinamismo, corresponde preguntarse cuánto se ha avanzado realmente hacia ese objetivo.


El equilibrio fiscal es importante.


La estabilidad de precios también.


Pero ninguna de las dos cosas garantiza por sí sola una economía competitiva, dinámica y socialmente sostenible.


Y mucho menos justifica ignorar los costos de transición.


La motosierra y su impacto fuera de la Argentina


Milei convirtió la motosierra en un símbolo internacional.


Para algunos representa la decisión de enfrentar déficits persistentes y estructuras estatales ineficientes. Para otros simboliza recortes que pueden deteriorar servicios públicos y condiciones de vida.


El debate ya no se limita a la Argentina.


Los dirigentes de otros países pueden observar tanto la reducción de la inflación como los indicadores de actividad, consumo, pobreza y financiamiento.


Ahora bien, no hay evidencia suficiente para afirmar que el mundo entero rechaza el programa argentino o que una eventual victoria de Lula en Brasil sería consecuencia de la experiencia de Milei.


Sería una simplificación.


Lo que sí puede plantearse es una hipótesis política relevante: si el programa argentino termina asociado con una recuperación estrecha y dificultades persistentes para la clase media, sus adversarios en otros países podrían utilizar esa experiencia como argumento contra las propuestas liberales.


Y eso sería una paradoja.


Un gobierno que se presenta como defensor del liberalismo podría terminar perjudicando la imagen de esas ideas si sus resultados no se traducen en mejoras suficientemente amplias del bienestar.


El verdadero examen


No desconozco los desequilibrios que recibió Milei ni la necesidad de corregirlos.


Tampoco desconozco el valor de reducir la inflación.


Pero me niego a aceptar que la discusión económica termine ahí.


Un país no se estabiliza plenamente cuando sus ciudadanos aprenden a resignar consumos esenciales para sobrevivir.


No se desarrolla cuando la recuperación depende de unos pocos sectores mientras otros permanecen estancados.


Y no consolida su futuro únicamente exhibiendo equilibrio fiscal si no consigue transformar ese ordenamiento en inversión, productividad, empleo y mejores ingresos.


Por eso considero que el programa económico de Caputo y Bausili sigue inconcluso y presenta fragilidades importantes. Mi evaluación es crítica: los avances nominales no alcanzan para demostrar su éxito integral.


La Argentina necesita algo más que una motosierra y una licuadora.


Necesita una estrategia económica capaz de combinar estabilidad, competitividad, crédito y crecimiento.


Porque la verdadera prueba de un programa no es cuánto logra contener una variable financiera.


Es cuánto mejora la vida de quienes trabajan, producen, invierten y sostienen todos los días a este país.


Y de cara a 2027, ese debería ser uno de los grandes debates nacionales.


Pronóstico Bursátil

Análisis y opinión económica. No constituye asesoramiento de inversión.

octubre 19, 2026

675 PUNTOS: EL MERCADO TODAVÍA NO COMPRA EL RELATO

El riesgo país volvió a 675 puntos básicos, el máximo de 2026. Y más que discutir si son 650, 675 o 700, conviene preguntarse qué está diciendo ese número.

Porque 675 puntos no son una opinión política. Son el precio al que el mercado está dispuesto a asumir riesgo argentino.

El Gobierno puede mostrar equilibrio fiscal, menor inflación y un Banco Central con reservas brutas cercanas a US$50.000 millones. Puede también sostener un dólar mayorista alrededor de los $1.500 dentro del régimen de bandas. Todo eso existe. 

Pero los bonos están diciendo otra cosa: el mercado todavía exige respuestas sobre 2027.

Y no es un año cualquiera.

Las estimaciones privadas ubican los vencimientos soberanos de 2027 en la zona de US$20.000/25.000 millones, dependiendo de qué obligaciones y refinanciaciones se incluyan. El propio proyecto de Presupuesto contempla unos US$8.000 millones de amortizaciones con organismos multilaterales y bilaterales, incluyendo US$4.400 millones con el FMI, mientras supone refinanciar íntegramente los vencimientos del Tesoro en pesos y dólares principalmente mediante nueva deuda en pesos. 

Y ahí aparece el verdadero problema.

Argentina necesita rollear deuda en pesos, conseguir dólares para pagar deuda en moneda dura y hacerlo en un año electoral. Mientras tanto, con 675 puntos de riesgo país, volver normalmente al mercado internacional sigue siendo caro.

El Gobierno sostiene que el programa financiero está cubierto. Federico Furiase afirmó que los vencimientos en dólares de 2027 están prefinanciados mediante multilaterales y otras fuentes; Luis Caputo había dicho anteriormente que estaban identificadas las fuentes para unos US$9.000 millones correspondientes a los vencimientos de capital de julio de 2026 y enero y julio de 2027. Argentina

Pero existe una diferencia importante entre tener identificadas fuentes de financiamiento y que el mercado considere despejado el riesgo.

De hecho, Caputo acaba de admitir que podría recurrirse al swap con China si no se consigue refinanciar parte de la deuda en dólares prevista para 2027. El swap chino fue renovado este año y mantiene activo un tramo equivalente a unos US$5.000 millones. 

Ahí está, probablemente, la contradicción que hoy mira el mercado.

Si todo estuviera completamente resuelto, ¿por qué Argentina paga 675 puntos básicos adicionales de riesgo?

El riesgo país no dice que Argentina vaya a defaultear. Dice algo más sutil: los inversores todavía quieren cobrar mucho por correr el riesgo de prestarle.

Y tampoco parece alcanzar con mantener tranquilo al dólar.

Se puede administrar el tipo de cambio mediante bandas, intervenciones, tasas, deuda dollar-linked y diferentes mecanismos financieros. Pero el precio del dólar y el precio de los bonos pueden contar historias diferentes. El primero puede permanecer relativamente estable mientras el segundo empieza a exigir una prima creciente.

Eso es exactamente lo que merece atención.

Desde el mínimo de aproximadamente 403 puntos de julio, el riesgo país llegó hoy a 675: una suba de casi 67%. 

Por eso, quizá la pregunta relevante ya no sea solamente cuánto vale el dólar mañana.

La pregunta es otra:

¿Quién pone los dólares de 2027, a qué tasa y bajo qué condiciones?

Hasta que el mercado tenga una respuesta convincente, 675 puntos básicos son una señal de que la confianza financiera todavía tiene un precio demasiado alto.

Y el mercado, a diferencia de los discursos, vota todos los días con plata.

Ese último remate, para mí, es el que cierra la editorial. También cuidé una cosa importante: no afirmaría que 675 puntos significa que el mercado cree que Milei no va a pagar. Eso es demasiado fuerte. Sí podemos afirmar que el precio de los bonos muestra que el mercado todavía asigna un riesgo considerable al financiamiento y a la capacidad de pago futura, que es mucho más defendible técnicamente.

octubre 13, 2026

De los dólares en el celular a los USD 125.000 millones: cuando la credibilidad se convierte en el verdadero problema

Primero fueron los dólares que supuestamente estaban disponibles en un celular. Después apareció la famosa bazuca. Más tarde llegaron los anuncios de respaldos financieros cada vez más importantes. La semana pasada se hablaba de USD 70.000 o 75.000 millones. Ahora el presidente Javier Milei asegura contar con USD 125.000 millones para enfrentar una eventual corrida cambiaria durante 2027.


La pregunta es inevitable: ¿de dónde salieron los otros USD 50.000 millones en cuestión de días?


Porque una cosa es anunciar líneas de financiamiento, otra muy distinta es disponer efectivamente de esos recursos y otra, todavía más importante, es poder utilizarlos libremente para intervenir en el mercado cambiario.


En economía, las palabras importan. Pero cuando se habla de reservas, liquidez y capacidad de intervención, importan mucho más los balances.


No alcanza con decir que se tiene una bazuca. Hay que explicar cuántas municiones contiene, cuáles están disponibles, cuáles son prestadas, cuáles deben devolverse y cuáles existen solamente bajo determinados supuestos.


La credibilidad de un programa económico no se construye multiplicando cifras en declaraciones televisivas. Se construye demostrando que los compromisos pueden cumplirse sin necesidad de recurrir permanentemente a anuncios extraordinarios.


Y acá aparece una contradicción difícil de ignorar: si el programa económico es tan sólido, si el equilibrio cambiario es tan consistente y si las expectativas están tan bien ancladas, ¿por qué el propio Presidente necesita hablar reiteradamente de los miles de millones de dólares con los que enfrentaría una corrida?


Un Presidente puede intentar transmitir tranquilidad. Pero cuando convierte la posibilidad de una corrida en un tema recurrente de sus declaraciones, también puede conseguir exactamente el efecto contrario: instalar entre los inversores una preocupación que pretendía disipar.


La confianza no aumenta necesariamente porque un Presidente anuncie que tiene cada vez más dólares. A veces, cuanto más necesita repetirlo, más preguntas aparecen.


El problema no es solamente cuántos dólares hay. Es cuántos dólares son realmente utilizables.


La cifra de USD 125.000 millones merece un análisis mucho más serio que el de una declaración presidencial. Según el desglose difundido, el Gobierno incluye compras de divisas, líneas de swap, operaciones de futuros, ingresos comerciales esperados y financiamiento proyectado. No son conceptos equivalentes.


Un swap no es lo mismo que una reserva propia. Una línea de crédito no es dinero disponible sin condiciones. Una operación de futuros puede ofrecer cobertura cambiaria, pero no necesariamente entregar dólares físicos. Y las exportaciones futuras son ingresos que todavía deben materializarse y que, además, pertenecen inicialmente a quienes producen y exportan.


Por eso, sumar todos esos conceptos y presentarlos como si fueran una única disponibilidad inmediata de divisas puede generar una impresión equivocada de la verdadera capacidad de intervención.


El dato es suficientemente ilustrativo: al 7 de octubre, las reservas internacionales brutas del Banco Central rondaban los USD 49.133 millones. Eso no significa que fueran íntegramente propias ni de libre disponibilidad. Mucho menos que existieran USD 125.000 millones líquidos esperando ser utilizados.


No se trata de negar que los acuerdos financieros puedan servir. Pueden ser herramientas importantes para administrar situaciones de estrés. Tampoco corresponde desconocer las compras de divisas realizadas por el Banco Central durante 2026.


Lo que corresponde es exigir transparencia.


¿Cuántos dólares son propios? ¿Cuántos prestados? ¿Cuántos dependen de autorizaciones externas? ¿Cuántos ya están contabilizados dentro de las reservas brutas? ¿Cuántos podrían utilizarse efectivamente mañana si el mercado decidiera poner a prueba el esquema?


Hasta que esas preguntas tengan respuestas precisas, hablar de USD 125.000 millones como si fueran una caja disponible es, como mínimo, una presentación que exige demasiadas aclaraciones.


Un peso apreciado y una economía que necesita competitividad


Pero la discusión de fondo es todavía más importante.


Argentina sigue enfrentando el problema de un tipo de cambio real apreciado. El índice de tipo de cambio real multilateral se ubicaba en torno de 85,5 puntos al 8 de octubre, con una caída cercana al 9,3% desde comienzos de 2026. Es una señal de apreciación real, aunque por sí sola no determina cuál debería ser el valor de equilibrio del dólar.


El problema no es simplemente que el dólar esté barato o caro en términos nominales. El problema es cuánto cuesta producir, contratar, transportar, exportar e invertir en Argentina en comparación con nuestros competidores.


Cuando los costos internos aumentan en dólares sin mejoras equivalentes de productividad, las empresas pierden márgenes, competitividad y capacidad de expansión.


Y eso no se arregla con una bazuca.


Se arregla con inversión, infraestructura, productividad, financiamiento, menor presión tributaria distorsiva y reglas previsibles.


Además, persisten restricciones cambiarias para las empresas, especialmente sobre obligaciones y dividendos de ejercicios anteriores, aunque el BCRA haya flexibilizado el acceso para operaciones más recientes. El propio Banco Central reconoció la necesidad de mecanismos específicos para atender esos compromisos pendientes.


Hay una contradicción que merece discutirse: ¿cómo se pretende convencer al mundo de que Argentina ofrece plena libertad económica cuando todavía existen empresas que no pueden disponer libremente de determinadas utilidades acumuladas?


El capital extranjero no evalúa solamente la rentabilidad potencial de un proyecto. También quiere saber si podrá recuperar su inversión, girar dividendos y operar sin restricciones extraordinarias.


El RIGI puede ofrecer incentivos importantes a determinados sectores. Pero una economía no puede depender exclusivamente de regímenes especiales para compensar problemas que deberían resolverse mediante reglas generales.

El riesgo de convertir cada declaración en una prueba de confianza


Los mercados financieros tienen una particularidad: reaccionan tanto a los números como a la credibilidad de quienes los presentan.


Un ministro puede anunciar una línea de financiamiento. Un Presidente puede explicar que cuenta con herramientas para enfrentar turbulencias. Eso es razonable.


Lo que resulta discutible es transformar permanentemente la fortaleza financiera del país en una competencia de cifras cada vez mayores.


Porque el mercado empieza a hacerse preguntas.


Si antes alcanzaban USD 30.000 millones, después se necesitaban USD 65.000 millones, más tarde aparecían USD 75.000 millones y ahora se anuncian USD 125.000 millones, ¿qué cambió exactamente?


¿Aumentó de manera verificable la capacidad financiera del país? ¿Se incorporaron nuevos acuerdos? ¿O simplemente se está utilizando una definición cada vez más amplia de los recursos potenciales?


La diferencia no es menor.


La primera posibilidad fortalecería la posición argentina. La segunda podría terminar erosionando la credibilidad de las propias declaraciones.


Y cuando un Gobierno necesita explicar una y otra vez que está preparado para enfrentar una corrida, la discusión deja de ser exclusivamente financiera.


Pasa a ser una discusión sobre confianza.


El Gobierno sostiene que la disciplina fiscal, la estabilización monetaria y la acumulación de reservas constituyen los pilares del programa. Son argumentos que merecen ser considerados. El REM de septiembre, por ejemplo, todavía proyectaba superávit comercial y primario para 2026.


Pero esos avances no eliminan automáticamente los riesgos asociados a la apreciación cambiaria, los compromisos externos, la actividad económica o las restricciones pendientes.


Un programa económico debe poder sostenerse cuando el contexto internacional deja de ayudar, cuando se acercan vencimientos importantes y cuando las expectativas cambian.


No solamente cuando los mercados están tranquilo


 La verdadera bazuca se llama credibilidad


Hay algo que debería preocupar mucho más que el tamaño anunciado de cualquier respaldo financiero: la posibilidad de que el mercado deje de confiar en las explicaciones oficiales.


Porque ninguna cifra, por extraordinaria que parezca, garantiza por sí sola la estabilidad cambiaria.


La historia argentina está llena de episodios en los que los funcionarios aseguraban tener todo bajo control hasta que la realidad obligaba a modificar el rumbo.


Eso no significa que estemos necesariamente frente a una nueva crisis, ni que una corrida bancaria o cambiaria sea inevitable. Afirmarlo sería tan irresponsable como garantizar que jamás podría ocurrir.


Significa que las vulnerabilidades deben reconocerse antes de que se conviertan en problemas mayores.


Argentina tiene recursos extraordinarios. Petróleo, gas y minería pueden transformar su capacidad exportadora durante los próximos años. Pero esas oportunidades no justifican ignorar lo que sucede con el resto de la economía mientras las inversiones maduran.


Tampoco permiten reemplazar un programa consistente por anuncios de financiamiento cada vez más espectaculares.


La estabilidad duradera no puede depender de que el Presidente anuncie una nueva cantidad de dólares cada vez que aparecen dudas.


Tiene que descansar en reservas genuinas, acceso sostenible al crédito, competitividad, crecimiento, confianza y reglas que puedan mantenerse sin medidas extraordinarias.


Y acá aparece la paradoja central.


Un Gobierno que pretende demostrar fortaleza anunciando que tiene USD 125.000 millones para enfrentar una corrida podría terminar obligando al mercado a preguntarse por qué está tan preocupado por una corrida.


Ése es el peligro de convertir la comunicación económica en una sucesión de demostraciones de poder financiero.


La confianza es un activo difícil de construir y extraordinariamente fácil de perder.


No se compra con declaraciones. No se fabrica sumando instrumentos financieros de distinta naturaleza. Y mucho menos se recupera aumentando el tamaño de una bazuca imaginaria cada vez que aparecen cuestionamientos.


La confianza se gana cuando los números son claros, las reglas se cumplen y las explicaciones resisten el análisis.


Primero eran millones en un celular. Después apareció una bazuca. Ahora son USD 125.000 millones.


Quizás haya llegado el momento de dejar de anunciar cuánto poder de fuego tiene el Gobierno y empezar a explicar, con precisión, de qué está compuesto.


Porque los mercados no necesitan un Presidente que les cuente cuántos dólares podría llegar a conseguir.


Necesitan saber cuántos tiene, cuántos debe y cuántos puede utilizar.


Y si para convencer al mercado de que no habrá una corrida hay que anunciar una bazuca cada vez más grande, tal vez el problema ya no sea la cantidad de dólares.


Tal vez el problema sea que cada vez cuesta más creer en quien los anuncia.

octubre 07, 2026

El ancla funcionó. Ahora viene lo difícil: cómo salir de ella


Hay algo que a esta altura resulta bastante difícil discutir: el Gobierno de Javier Milei consiguió bajar fuertemente la inflación.

Negarlo sería absurdo.

Argentina venía de una inflación superior al 200% anual y hoy discute niveles mensuales que hace tres años hubieran parecido ciencia ficción.

Hubo orden fiscal. Hubo una política monetaria mucho más restrictiva. Hubo una fuerte contracción inicial. Y hubo también algo que Argentina conoce demasiado bien:

el tipo de cambio funcionando como ancla.

El mecanismo no es novedoso.

Lo utilizaron numerosos países para salir de procesos de inflación elevada. Y muchas veces funciona.

El problema nunca fue solamente bajar la inflación.

El verdadero problema aparece después.

¿Cómo se sale del ancla sin devolverle a los precios una parte de lo que se ganó?

Y sospecho que ésa será una de las grandes discusiones económicas de los próximos meses.

Primero reconozcamos el éxito

El Gobierno hizo algo que durante décadas parecía imposible: consiguió que el déficit fiscal dejara de ser el principal motor de emisión monetaria.

Simultáneamente aplicó una política monetaria restrictiva y utilizó al dólar como referencia fundamental para ordenar expectativas.

Los precios internos comenzaron a desacelerarse.

Pero ocurrió algo inevitable.

Aunque la inflación bajó muchísimo, los precios siguieron aumentando.

Y cuando los precios internos aumentan persistentemente más rápido que el dólar, sucede algo muy sencillo:

Argentina se encarece en dólares.

Al principio resulta agradable.

Los salarios medidos en dólares suben.

Viajar al exterior se vuelve relativamente barato.

Los bienes importados parecen accesibles.

Quien tiene ingresos en pesos siente que recuperó capacidad de compra internacional.

Pero hay otra cara.

Los costos de producir en Argentina también suben en dólares.

Y entonces aparece una pregunta que venimos haciendo desde hace bastante tiempo:

¿Argentina aumentó su productividad en la misma proporción en que aumentaron sus costos medidos en dólares?

Si la respuesta es no, tenemos un problema.

Ser caro no es necesariamente malo

Suiza es cara.

Noruega es cara.

Estados Unidos es caro.

El problema no es ser caro.

El problema es ser caro sin ser suficientemente productivo.

Una empresa puede pagar salarios elevados si produce muchísimo por trabajador.

Puede soportar impuestos altos si tiene infraestructura extraordinaria.

Puede convivir con costos elevados si tiene crédito barato, seguridad jurídica, logística eficiente, energía competitiva y acceso a mercados internacionales.

Pero cuando los costos en dólares aumentan mucho más rápido que la productividad, los márgenes empiezan a comprimirse.

Primero deja de invertirse.

Después se posterga una contratación.

Luego se reducen horas extras.

Después aparecen suspensiones.

Y finalmente algunas empresas cierran.

No ocurre de un día para el otro.

Por eso el atraso cambiario puede convivir durante bastante tiempo con una sensación de estabilidad.

Hasta que deja de hacerlo.

Los primeros síntomas ya están apareciendo

El segundo trimestre de 2026 mostró una caída del PBI desestacionalizado del 0,6% respecto del primero.

Eso todavía no constituye una recesión técnica.

Pero julio encendió una alarma mucho más fuerte.

El EMAE cayó 2,9% mensual desestacionalizado.

La industria manufacturera mostró en julio una caída interanual del 5%.

El desempleo alcanzó 7,9% durante el segundo trimestre.

Y las ventas reales en supermercados cayeron 2,1% interanual en julio y acumularon una baja del 2,7% durante los primeros siete meses del año.

Podemos discutir las causas.

Lo que no podemos hacer es ignorar los números.

La economía argentina perdió impulso.

Y si el tercer trimestre termina mostrando otra contracción del PBI desestacionalizado, entonces sí tendremos dos trimestres consecutivos de caída y podremos hablar formalmente de recesión técnica.

Pero para un inversor esperar la confirmación estadística suele ser llegar tarde.

El mercado intenta anticipar.

Y acá aparece la encerrona

Supongamos que efectivamente existe un atraso cambiario importante.

¿Qué hace el Gobierno?

Si permite una corrección fuerte del dólar, una parte probablemente termine trasladándose a precios.

El famoso pass-through.

Entonces podría deteriorarse uno de los principales activos políticos y económicos del Gobierno: la desinflación.

Pero si intenta impedir indefinidamente esa corrección, tiene otro problema.

La economía continúa encareciéndose en dólares mientras los sectores que compiten con importaciones o exportan productos con márgenes pequeños pierden competitividad.

Ese es el dilema.

Corregir tiene costos. No corregir también.

Y cuanto más tiempo pasa, más importante se vuelve determinar cuál de esos dos costos es mayor.

Las tres magníficas no alcanzan

Argentina tiene tres sectores que pueden cambiar estructuralmente nuestra economía.

Petróleo.

Gas.

Minería.

Son las tres magníficas.

Vaca Muerta está transformando la balanza energética.

La minería puede aportar durante los próximos años inversiones y exportaciones por miles de millones de dólares.

El gas puede convertir a Argentina en un proveedor energético internacional mucho más relevante.

Todo eso es extraordinariamente positivo.

Y además puede producir algo fundamental para estabilizar la economía argentina:

dólares genuinos.

No dólares prestados.

No dólares del FMI.

No dólares provenientes de endeudamiento financiero de corto plazo.

Dólares provenientes de exportaciones.

El problema es el tiempo.

Una mina no empieza a producir mañana.

Una planta de GNL no se construye en seis meses.

Un gasoducto requiere inversión, infraestructura y años.

Mientras esperamos que esa nueva Argentina exportadora madure, existe otra Argentina que tiene que sobrevivir.

La industria.

El comercio.

Las PyMEs.

La construcción.

Los servicios.

Y millones de trabajadores que no viven directamente de Vaca Muerta, del litio o del cobre.

Ahí aparece otro problema: la recaudación

Cuando la actividad pierde fuerza, la recaudación también empieza a sentirlo.

El IVA real cayó alrededor del 6% interanual en agosto y acumuló diez meses consecutivos de retroceso.

Las contribuciones a la seguridad social también mostraron debilidad, en un contexto de masa salarial y empleo registrado que vienen perdiendo fuerza.

Y esto abre una discusión extremadamente importante.

El Gobierno consiguió equilibrio fiscal mediante un ajuste enorme del gasto.

Pero una economía no puede sostener indefinidamente el equilibrio solamente reduciendo gastos.

En algún momento necesita que crezca la base sobre la cual recauda.

Más actividad.

Más empleo formal.

Más empresas.

Más inversión.

Más consumo.

Porque si la actividad cae y la recaudación cae, mantener el mismo resultado fiscal obliga a encontrar nuevos ingresos o realizar nuevos recortes.

Y si esos recortes vuelven a afectar la actividad, puede generarse un círculo peligroso:

menos actividad → menos recaudación → más ajuste → todavía menos actividad.

Ése es uno de los riesgos que tenemos que observar.

El dólar puede quedarse quieto mucho tiempo

Una de las respuestas que recibo habitualmente cuando hablo de atraso cambiario es:

“Si el dólar estuviera atrasado, ya habría subido”.

No necesariamente.

Los mercados pueden permanecer desequilibrados durante bastante tiempo.

Especialmente cuando existen tasas elevadas, regulaciones, intervención, expectativas favorables o ingresos extraordinarios de divisas.

La pregunta nunca es simplemente cuánto vale hoy el dólar.

La pregunta es:

¿ese precio es sostenible con las condiciones que existen hoy?

Y todavía más importante:

¿seguiría siendo sostenible si esas condiciones cambiaran?

Ésa es la diferencia entre precio y equilibrio.

Tampoco significa que mañana haya una devaluación

Quiero ser muy claro en esto.

Decir que existe apreciación cambiaria no significa afirmar que mañana el dólar va a explotar.

Puede ocurrir algo completamente diferente.

El tipo de cambio nominal puede subir lentamente mientras la inflación continúa bajando y, de esa manera, parte de la apreciación real puede corregirse gradualmente.

También puede suceder que las exportaciones energéticas y mineras aumenten tanto que generen una nueva oferta estructural de dólares y modifiquen el tipo de cambio real de equilibrio.

O Argentina puede conseguir inversiones que eleven sustancialmente la productividad.

Esas serían las mejores salidas.

Por eso no estoy pronosticando una devaluación.

Estoy planteando un problema económico.

Y son cosas muy diferentes.

La historia de las anclas

Argentina conoce perfectamente las estabilizaciones cambiarias.

También las conoce Israel.

México.

Brasil.

Chile.

Uruguay.

En distintos momentos, distintos países utilizaron al tipo de cambio como herramienta para quebrar procesos inflacionarios.

Muchas veces funcionó.

El error consiste en creer que porque funcionó para bajar la inflación necesariamente resolvió todos los problemas que existían detrás de ella.

El ancla compra tiempo.

Ordena expectativas.

Facilita contratos.

Permite reconstruir precios relativos.

Pero ese tiempo tiene que utilizarse para hacer algo más difícil:

aumentar productividad.

Reducir impuestos distorsivos.

Mejorar infraestructura.

Facilitar inversiones.

Abaratar el crédito.

Eliminar burocracia.

Aumentar exportaciones.

Generar empleo formal.

Porque si durante el período de estabilidad solamente conseguimos que nuestros precios aumenten en dólares, tarde o temprano aparece la discusión sobre competitividad.

El verdadero examen empieza ahora

El Gobierno ya rindió el primer examen.

Bajar la inflación.

Y hasta ahora lo aprobó.

El segundo es bastante más difícil:

conseguir que Argentina crezca con estabilidad.

Porque una economía no puede vivir eternamente de ajustar.

Tampoco puede vivir eternamente de un dólar utilizado como ancla.

Y mucho menos puede esperar que petróleo, gas y minería compensen inmediatamente las dificultades del resto del aparato productivo.

La estabilización era necesaria.

Ahora falta la transformación.

¿Cómo salir?

La mejor salida no sería una megadevaluación.

Sería exactamente lo contrario.

Que la inflación continúe descendiendo.

Que el dólar pueda moverse sin provocar una estampida de precios.

Que las exportaciones aumenten.

Que ingresen inversiones.

Que crezcan las reservas.

Que mejore la productividad.

Que baje el riesgo país.

Que aparezca crédito.

Y que el crecimiento permita sostener el equilibrio fiscal sin necesitar permanentemente nuevos recortes.

Ésa sería una salida virtuosa.

¿Puede ocurrir?

Sí.

¿Está garantizada?

Absolutamente no.

Porque mientras esperamos esa transición, la economía real está enviando señales que conviene no ignorar.

Segundo trimestre: -0,6%.

Julio: -2,9%.

Industria: -5% interanual.

Desempleo: 7,9%.

Supermercados: -2,1% interanual.

No es una profecía.

Es el tablero.

La pregunta que viene

Durante los primeros años de Milei la discusión fue:

¿puede bajar la inflación?

La respuesta hasta ahora es sí.

Ahora comienza una discusión mucho más interesante:

¿puede mantenerla baja mientras recupera actividad y evita que la apreciación cambiaria termine dañando al aparato productivo?

Ése es el verdadero desafío.

Porque utilizar el dólar para bajar la inflación puede ser relativamente sencillo.

Lo verdaderamente difícil es dejar de necesitarlo.

Y ése es el momento que empieza a acercarse.

El ancla funcionó.

Ahora viene lo difícil:

cómo levantarla sin que el barco vuelva a quedar a la deriva.

octubre 05, 2026

La paradoja argentina: gradualismo cuando había margen para el shock y shock cuando hacía falta gradualismo

Argentina tiene una particular habilidad para discutir durante años cuál es la medicina correcta y, cuando finalmente decide aplicarla, equivocarse con la dosis o con el momento.

Cuando Mauricio Macri asumió la Presidencia en diciembre de 2015 encontró una economía plagada de desequilibrios.

Déficit fiscal elevado, inflación, cepo cambiario, atraso tarifario, reservas deterioradas, precios relativos completamente distorsionados y un Banco Central que necesitaba recuperar credibilidad.

Pero también recibió algo que hoy parece lejano: capital político, expectativas favorables y la posibilidad de recuperar rápidamente el acceso al financiamiento internacional.

Una vez solucionado el conflicto con los holdouts, Argentina volvió a los mercados internacionales.

Ese financiamiento podía utilizarse como puente para ejecutar una transformación relativamente rápida del Estado y absorber parte del costo inicial de las reformas.

Macri eligió otro camino.

Eligió el gradualismo.

La idea parecía razonable: corregir los desequilibrios lentamente para evitar que el costo social de las reformas pusiera en riesgo la gobernabilidad.

Pero el gradualismo tenía una condición indispensable para funcionar.

Alguien tenía que financiarlo.

Mientras el mundo estuviera dispuesto a prestarle dólares a la Argentina, el Gobierno podía convivir con un déficit fiscal que disminuía lentamente y comprar tiempo para realizar las reformas.

El problema fue que el tiempo comprado con deuda tenía fecha de vencimiento.

Cuando las condiciones financieras internacionales cambiaron y el flujo de capitales hacia Argentina comenzó a desaparecer en 2018, quedó expuesta la vulnerabilidad del programa.

El gradualismo se había quedado sin financiamiento.

Y entonces llegó, de manera desordenada, buena parte del ajuste que se había intentado evitar al comienzo.

Ocho años después apareció Javier Milei.

Y encontró otra Argentina.

Inflación superior al 200% anual, reservas netas negativas, cepo cambiario, pobreza elevada, salarios profundamente deteriorados y prácticamente ningún acceso al mercado voluntario de deuda.

Además recibió una sociedad que ya venía acumulando años de pérdida de poder adquisitivo y estancamiento.

Frente a esa situación Milei tomó exactamente el camino contrario al de Macri.

Shock.

Una corrección fiscal extraordinariamente rápida, fuerte reducción del gasto real, modificación de precios relativos y una política monetaria y cambiaria destinada a quebrar la dinámica inflacionaria.

El resultado fiscal cambió radicalmente y la inflación cayó de manera muy significativa.

Eso existe y negarlo no aporta demasiado a ninguna discusión seria.

Pero nuevamente aparece la pregunta que Argentina parece evitar cada vez que inicia un programa económico:

¿la velocidad elegida era la adecuada para las condiciones iniciales?

Y acá aparece la paradoja.

Quizás en 2015 Argentina tenía mejores condiciones para realizar un shock que las que tuvo en 2023.

Y quizás en 2023 necesitaba equilibrio fiscal y estabilización con la misma urgencia que planteó Milei, pero con una secuencia diferente y mayor gradualidad en determinados componentes del ajuste.

No estoy planteando volver al déficit fiscal.

Argentina no puede regresar al mecanismo de gastar sistemáticamente más de lo que recauda y financiar la diferencia mediante emisión monetaria o endeudamiento permanente.

Eso ya sabemos cómo termina.

La discusión es otra.

No es ajuste sí o ajuste no. Es cómo se ajusta, dónde se ajusta y a qué velocidad se ajusta.

Porque una economía no es solamente una planilla del Ministerio de Economía.

Si dejo de realizar determinadas obras, hoy gasto menos.

Si reduzco el mantenimiento de infraestructura, hoy gasto menos.

Si comprimo determinadas partidas, hoy gasto menos.

El resultado fiscal mejora inmediatamente.

Pero algunos de esos gastos no desaparecen.

Simplemente se trasladan hacia adelante.

Una ruta que no se mantiene hoy probablemente costará mucho más reconstruirla mañana.

La infraestructura que no se realiza no aparece como deuda en las estadísticas públicas, pero puede convertirse en menor productividad futura.

Y una economía que necesita crecer durante muchos años no puede sostenerse únicamente reduciendo gastos. En algún momento necesita que aparezca la otra mitad de la ecuación:

inversión, productividad, crédito, empleo y crecimiento.

Ahí aparece además otro problema que merece atención.

El dólar.

Desde la fuerte devaluación inicial de diciembre de 2023, los precios internos crecieron durante largos períodos considerablemente más que el tipo de cambio.

Argentina volvió a encarecerse en dólares.

El dólar funciona, directa o indirectamente, como una de las anclas del proceso de desinflación.

Mientras el tipo de cambio avance menos que los precios internos, ayuda a disciplinar precios transables y abarata relativamente las importaciones.

Pero nuevamente estamos comprando algo a cambio de otra cosa.

La pregunta es cuánto tiempo puede continuar apreciándose una economía si su productividad no aumenta al mismo ritmo.

Porque un país puede ser caro en dólares y extraordinariamente competitivo.

Suiza lo demuestra.

Noruega también.

Pero son economías caras porque detrás existen enormes niveles de productividad, infraestructura, capital y tecnología.

Por eso la pregunta relevante para Argentina no es solamente cuánto vale el dólar.

Es otra:

¿Argentina se volvió mucho más productiva o simplemente se volvió mucho más cara en dólares?

Y esa pregunta conecta las experiencias de Macri y Milei mucho más de lo que parece.

Macri apostó a que el financiamiento externo le compraría el tiempo necesario para corregir gradualmente los desequilibrios.

Cuando ese financiamiento desapareció, el programa entró en crisis.

Milei apostó a una corrección muchísimo más rápida y a que la economía real podría absorber el costo mientras la estabilización avanzaba.

Son estrategias completamente diferentes.

Pero ambas dependen de una variable que los gobiernos argentinos suelen subestimar:

el tiempo.

Un programa económico puede tener un diagnóstico correcto y aun así fracasar si la secuencia de las medidas es incorrecta.

Puede tener objetivos correctos y equivocarse en la velocidad.

Incluso puede conseguir resultados extraordinarios durante los primeros años y descubrir después que algunos de esos resultados dependían de condiciones que no podían mantenerse indefinidamente.

Por eso el verdadero examen del programa económico actual probablemente no sea 2024, 2025 ni siquiera 2026.

Será lo que venga después.

Cuando ya no alcance con reducir gasto.

Cuando la inflación tenga que mantenerse baja sin depender permanentemente del tipo de cambio como ancla.

Cuando haya que recuperar inversión e infraestructura.

Cuando el sector privado tenga que generar empleo genuino en escala.

Cuando Argentina necesite acumular reservas y simultáneamente mantener competitividad.

Y cuando el equilibrio fiscal tenga que convivir no solamente con el ajuste, sino también con el crecimiento.

Ahí sabremos si estamos frente a un verdadero cambio de régimen económico o simplemente frente a otra estabilización argentina que funcionó mientras determinadas condiciones pudieron mantenerse.

Macri eligió gradualismo cuando probablemente disponía de capital político y financiero para avanzar más rápido.

Milei eligió shock cuando recibió una economía y una sociedad mucho más deterioradas.

Tal vez uno necesitaba más shock.

Tal vez el otro necesitaba algo más de gradualismo.

No para evitar las reformas.

Para hacerlas sostenibles.

Porque después de décadas de crisis, Argentina debería haber aprendido algo elemental:

en economía no alcanza con elegir la medicina correcta.

También hay que acertar la dosis, el momento y la velocidad con la que se administra.

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