mayo 13, 2026

"Dólar planchado, salarios en caída y una bomba silenciosa: la clase media al límite"

Hay algo que no cierra, aunque a primera vista parezca que sí.

El dólar baja, o al menos se mantiene contenido, y entonces aparece el relato optimista: los salarios en dólares mejoran, la economía se "ordena", la nominalidad cede. Pero esa foto es engañosa. Porque mientras el tipo de cambio se plancha, los precios en pesos siguen corriendo, y el resultado es una paradoja cada vez más evidente: los ingresos suben en apariencia, pero pierden poder adquisitivo real. Pierden contra la inflación en pesos… y también, cada vez más, contra el costo de vida medido en dólares.

Es un modelo que genera una sensación de alivio en el corto plazo, pero que erosiona silenciosamente la capacidad de consumo. No hay magia: si el dólar se atrasa y los precios internos no dejan de subir, lo que se encarece es la Argentina misma.

El problema de fondo es que este esquema no se sostiene solo con anclas cambiarias. Requiere un ajuste profundo y continuo. Y ese ajuste tiene nombres concretos: jubilados, obra pública paralizada, salarios públicos deteriorados, universidades desfinanciadas, sectores vulnerables recortados. Es un ordenamiento fiscal que se apoya en la licuación y en la poda selectiva, más que en un crecimiento genuino.

En ese contexto, el silencio de la mayoría de los economistas no es casual. Salvo voces como la de Ricardo Arriazu, que todavía sostienen la viabilidad del rumbo, el resto evita validar un esquema que, en el mejor de los casos, luce frágil, y en el peor, directamente insostenible en el tiempo.

¿Por qué entonces no estalla todo? Porque hay un factor que hoy actúa como contención: millones de personas dependen de transferencias del Estado. Ya no existe aquella dinámica donde intermediarios movilizaban el conflicto social de forma coordinada. Hoy la asistencia llega de manera más directa, más fragmentada, y eso desactiva al menos parcialmente la capacidad de generar un estallido organizado.

Pero eso no significa estabilidad. Significa otra cosa: una paz social precaria.

El verdadero interrogante está en otro lado. No en los sectores más vulnerables, que hoy están contenidos, sino en la clase media. Esa que no recibe ayuda directa, que ve cómo sus ingresos pierden valor, que siente que cada mes le cuesta más sostener su nivel de vida. Esa clase media que históricamente fue el termómetro político de la Argentina.

Si esta dinámica se prolonga? Dólar atrasado, inflación persistente, ajuste selectivo, el riesgo no es un estallido clásico. Es algo más difícil de prever: una reacción silenciosa que, cuando aparece, cambia todo.

Porque la estabilidad no se mide solo por la ausencia de conflicto visible, sino por la consistencia del equilibrio que la sostiene. Y hoy, ese equilibrio, está cada vez más exigido.

abril 23, 2026

Argentina cara en dólares: la ilusión del equilibrio

 Hay algo que no cierra. Y no es una percepción: es un número.

En diciembre de 2019, el dólar mayorista valía 60 pesos. Ajustado por la inflación acumulada hasta hoy, ese mismo dólar debería ubicarse en torno a los 2.500 pesos. Sin embargo, el tipo de cambio oficial ronda los 1.400. No es una diferencia menor. Es una señal.

Argentina volvió a ser cara en dólares.

No por una mejora estructural de la productividad. No por un salto exportador. Tampoco por una revolución de inversiones. Es cara por diseño. Por política económica. Por decisión.

El tipo de cambio real multilateral —el termómetro más honesto de competitividad— está en niveles similares, o incluso inferiores, a los de 2015 y 2017. Dos momentos distintos, con modelos diferentes, pero con un final en común: el atraso cambiario no fue sostenible.

En 2015, el cepo y la pérdida de reservas forzaron una corrección.
En 2017, el financiamiento externo permitió estirar la inconsistencia… hasta que el mercado cerró la ventanilla.

Hoy el esquema es otro, pero el síntoma es el mismo.

Un dólar que corre por detrás de la inflación genera una sensación de estabilidad que, en realidad, es transitoria. Sirve para anclar expectativas en el corto plazo, bajar la nominalidad y ordenar parcialmente los precios. Pero tiene un costo: encarece la economía en dólares, erosiona la competitividad y desalienta la acumulación genuina de reservas.

El problema no es el atraso en sí. El problema es su dinámica.

Porque mientras el tipo de cambio se atrasa, la economía no corrige sus rigideces estructurales. El gasto se reacomoda, pero los precios relativos quedan distorsionados. Los salarios en dólares suben, pero sin respaldo de productividad. Y el sector externo empieza a mostrar señales de fatiga.

No es inmediato. Nunca lo es.

Primero aparece la incomodidad: exportadores que liquidan menos, importaciones que presionan, servicios que se encarecen en términos internacionales. Después viene la tensión: reservas que no crecen, brechas que se recalientan, expectativas que se desalinean.

Y finalmente, la decisión.

La historia argentina no deja mucho margen para la sorpresa. Cuando el tipo de cambio real cae por debajo de ciertos niveles, el sistema entra en zona de fragilidad. No define el momento exacto, pero sí el desenlace probable.

La pregunta no es si el dólar está atrasado.
La pregunta es cuánto tiempo más puede sostenerse.

Porque si la inflación no baja lo suficientemente rápido, el tipo de cambio va a tener que hacer el trabajo. Y si lo hace, no será de manera quirúrgica.

Mientras tanto, el mercado observa. Sabe que este equilibrio no es permanente. Sabe que ya vio esta película.

Y también sabe cómo termina.

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