agosto 18, 2026

Milei, Caputo y el riesgo de ganar la batalla equivocada

 Javier Milei parece haberse emperrado con una obsesión: terminar definitivamente con la inflación.


Es comprensible. Llegó al poder prometiendo justamente eso y recibió una economía que venía de niveles inflacionarios explosivos. El problema es que gobernar no consiste solamente en cumplir una promesa económica. También consiste en administrar tiempos sociales y, finalmente, ganar elecciones. Y ahí tengo la sensación de que Luis “Toto” Caputo entiende algo que Milei todavía se resiste a aceptar. Caputo tiene más calle. Sabe que el argentino, lamentablemente, aprendió durante décadas a convivir con cierto nivel de inflación. No estoy diciendo que sea deseable. Estoy diciendo que es una realidad política. Si para llevar la inflación rápidamente del 2% mensual al 1%, o del 1% a cero, necesitás mantener durante demasiado tiempo una economía fría, tasas restrictivas, consumo débil y sectores enteros funcionando a media máquina, quizás el costo político termine siendo mayor que el beneficio. Porque nadie entra al cuarto oscuro con una calculadora del IPC. La gente vota con el bolsillo. Y acá aparece la contradicción central del Gobierno. Mientras Milei parece dispuesto a sacrificar actividad para terminar de quebrar la inflación, Caputo empieza a mostrar preocupación por recuperar crecimiento, crédito, consumo e inversión. Probablemente porque sabe que octubre de 2027 está bastante más cerca de lo que parece. El Gobierno necesita que la macro llegue a la micro. No alcanza con Vaca Muerta. No alcanza con el agro. No alcanza con la minería. Esos tres motores pueden generar dólares, inversión y exportaciones extraordinarias. Pueden mejorar la balanza comercial e incluso sostener durante años una parte importante del crecimiento argentino. Pero no representan por sí solos la vida cotidiana de cuarenta y tantos millones de argentinos. La Argentina también es el almacén, el restaurante, la fábrica, la construcción, el comercio de barrio, la pyme que paga salarios y el trabajador que mira cuánto le queda en la cuenta el día 20. Ahí está el verdadero termómetro político. Por eso me preocupa el “diario de Yrigoyen” que parece llegar diariamente al Presidente. Le cuentan que bajó la pobreza. Que la economía crece a niveles extraordinarios. Que el consumo está en máximos. Que Argentina es una máquina que comienza a despegar. Puede haber estadísticas que respalden partes de ese relato. Pero los promedios también esconden realidades. Una economía impulsada por petróleo, minería y agro puede mostrar excelentes números agregados mientras sectores intensivos en empleo continúan sufriendo. Y las elecciones no las ganan los promedios. Las gana la percepción. A eso hay que agregarle las contradicciones internas del Gobierno, las idas y vueltas legislativas, las dificultades que encuentran algunas de las reformas impulsadas por Federico Sturzenegger y una administración que muchas veces transmite más confrontación que construcción política. Todo eso desgasta. Quizás poco hoy. Muchísimo si se acumula durante otros catorce meses. Y hay otra variable que todavía parece subestimada. La oposición a Milei no necesariamente vendrá solamente desde el peronismo. De acá a 2027 pueden comenzar a aparecer alternativas de derecha o centroderecha que compartan buena parte de las ideas de estabilidad fiscal, apertura económica y respeto por la propiedad privada, pero que ofrezcan algo diferente: moderación, institucionalidad, equipos profesionales y mejores modales. Una derecha sin insultos. Una derecha que no necesite dividir permanentemente entre héroes y traidores.
Una derecha que intente unir a los argentinos en lugar de gobernar alimentando una grieta permanente.

Si aparece una alternativa competitiva con esas características, Milei podría encontrarse con un problema político mucho más complejo que enfrentar al peronismo.

Porque ya no estaría discutiendo contra el modelo anterior. Estaría compitiendo por su propio electorado. Por eso considero prematuro imaginar que la reelección de Javier Milei en 2027 está encaminada. Falta muchísimo. En política, catorce meses son una eternidad. Milei consiguió algo extraordinariamente difícil: estabilizar variables que parecían fuera de control y convencer a una parte importante de la sociedad de soportar un ajuste enorme con la expectativa de vivir mejor después. Ahora viene la parte verdaderamente difícil. El “después” tiene que llegar. Porque si la inflación baja pero el comercio no vende, si Vaca Muerta bate récords pero la pyme cierra, si crecen las exportaciones pero el salario no alcanza y si los indicadores macroeconómicos festejan mientras la calle permanece fría, llegará un momento en que el argumento de que “estamos haciendo lo correcto” dejará de alcanzar. Caputo parece haber empezado a entenderlo. La pregunta es si Milei también.
Porque puede terminar ganando la guerra contra la inflación y descubrir, demasiado tarde, que perdió la batalla por la reelección.

agosto 11, 2026

"Una anécdota llamada Javier Milei"

La historia política argentina suele convertir a determinadas figuras en protagonistas de una época. Algunas dejan instituciones más fuertes. Otras dejan reformas duraderas. Y otras terminan siendo apenas una anécdota.

Tengo la sensación de que Javier Milei corre el riesgo de pertenecer a esta última categoría. Llegó a la Presidencia como un fenómeno político inédito, canalizando el cansancio de millones de argentinos con una dirigencia que había perdido credibilidad. Supo interpretar el hartazgo y construir un liderazgo disruptivo. Eso nadie puede negarlo. Pero gobernar exige algo más que romper con lo anterior. Exige construir consensos, respetar la investidura presidencial y comprender que el adversario político no es un enemigo al que haya que humillar todos los días. La confrontación permanente puede ser una estrategia electoral. Difícilmente sea una estrategia de gobierno. Cuando el Presidente dedica buena parte de su tiempo a descalificar periodistas, economistas, opositores e incluso a dirigentes que alguna vez fueron aliados, el debate público se empobrece y la Argentina sigue atrapada en una lógica de enfrentamiento permanente. Mientras tanto, la economía real continúa mostrando desafíos evidentes. La estabilidad financiera, por sí sola, no alcanza para que una sociedad sienta que progresa. La construcción, el comercio, el consumo y buena parte de la industria todavía esperan una recuperación más sólida. Los gobiernos no son juzgados únicamente por la inflación o el riesgo país. También son recordados por el clima social que dejan, por la calidad de sus instituciones y por la capacidad de unir a una sociedad profundamente dividida. Todavía queda tiempo para corregir el rumbo. Pero si el legado termina siendo más confrontación que transformación, más agravios que acuerdos y más relatos que instituciones, la historia probablemente recuerde a Javier Milei como un fenómeno político extraordinario... pero apenas como una anécdota en la larga historia argentina.

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