Tengo la sensación de que una parte cada vez más importante de la sociedad argentina está llegando a un punto de hartazgo. Y no me refiero solamente a la situación económica. Me refiero al cansancio de vivir enfrentados, de soportar malos modales, agresiones, insultos y promesas que, con el paso del tiempo, terminan convirtiendo la esperanza en desazón.
Los argentinos estamos cansados de la grieta. Cansados de que nos dividan entre kirchneristas y antikirchneristas, entre “cucas” y “libertarios”, entre buenos y malos, como si pensar diferente nos convirtiera automáticamente en enemigos.
La Argentina necesita recuperar algo mucho más importante que una discusión política: necesita recuperar la convivencia.
Desde mi perspectiva, el ciclo político del kirchnerismo está agotado. Y tengo la impresión de que el mileísmo también comienza a mostrar señales de agotamiento. Son experiencias muy diferentes, naturalmente, pero ambas han quedado atrapadas, cada una a su manera, en una dinámica de confrontación permanente.
El kirchnerismo tuvo oportunidades para resolver problemas estructurales que terminaron profundizándose. El mileísmo llegó prometiendo romper con ese pasado, estabilizar la economía y devolverle esperanza a millones de argentinos.
Pero estabilizar no es lo mismo que desarrollar.
Bajar la inflación es indispensable. Mantener el equilibrio fiscal también. Son condiciones necesarias para construir una economía saludable, y sería un error abandonar esos objetivos cada vez que cambia un gobierno.
Sin embargo, el equilibrio fiscal no puede convertirse en un fin en sí mismo ni alcanzarse a cualquier costo. Tiene que ser una política de Estado sostenible, acompañada por inversión, productividad, crédito, empleo y crecimiento económico.
Porque una economía puede mostrar mejores indicadores fiscales y monetarios mientras una parte considerable de la sociedad continúa padeciendo dificultades para llegar a fin de mes.
Y ahí aparece lo que vengo señalando desde hace tiempo: la Argentina del 30-70.
Una Argentina en la que determinados sectores, especialmente aquellos vinculados a actividades competitivas, exportadoras o de elevada productividad, encuentran oportunidades, mientras una mayoría percibe estancamiento, pérdida de poder adquisitivo e incertidumbre.
No se trata de una división estadística exacta, sino de una manera de describir una realidad económica profundamente desigual.
No podemos conformarnos con una Argentina donde a tres de cada diez les va bien y los otros siete apenas sobreviven.
El verdadero éxito de un programa económico no debería medirse exclusivamente por cuánto baja la inflación, cuánto se reduce el gasto público o cómo reaccionan los mercados financieros. También debería medirse por la capacidad de generar empleo privado, recuperar salarios, fortalecer a la clase media y ofrecer posibilidades de progreso.
Por eso creo que octubre de 2027 puede representar una oportunidad para iniciar una etapa política diferente.
Personalmente, considero posible que comience a consolidarse una alternativa de centroderecha, moderada, republicana y pragmática, que preserve aquello que debe preservarse —como la disciplina fiscal y la estabilidad monetaria—, pero que al mismo tiempo comprenda que ningún país puede desarrollarse indefinidamente con una economía estancada y una sociedad fragmentada.
Una alternativa que no necesite destruir todo lo anterior para construir algo nuevo.
Que entienda que las políticas de Estado deben sobrevivir a los presidentes.
Que comprenda que gobernar no consiste en humillar al adversario, sino en encontrar soluciones.
Y que tenga la madurez de reconocer los aciertos ajenos y corregir los errores propios.
Por supuesto, todavía falta mucho para octubre de 2027. Ni siquiera conocemos la totalidad de los candidatos y sería prematuro asegurar quién puede llegar a ocupar la Presidencia. La política argentina ha demostrado sobradamente su capacidad para sorprendernos.
Pero hay algo que, al menos desde mi percepción, comienza a quedar claro: existe una demanda de serenidad, previsibilidad y resultados concretos que merece ser escuchada.
No alcanza con prometer que esta vez será diferente. Los argentinos ya escuchamos demasiadas veces esa frase.
Necesitamos instituciones sólidas, reglas claras, responsabilidad fiscal, crecimiento económico y una dirigencia que abandone la necesidad permanente de encontrar enemigos.
Y, fundamentalmente, necesitamos que la esperanza vuelva a transformarse en bienestar y no, una vez más, en frustración.
Mi deseo para octubre de 2027 no es simplemente que cambie un presidente o un partido político. Es que la Argentina empiece a cambiar su manera de hacer política.
Porque después de tantos años de enfrentamientos, promesas incumplidas y oportunidades desperdiciadas, quizás haya llegado el momento de entender algo elemental:
No necesitamos otra grieta. Necesitamos un país.