febrero 26, 2026

Reservas, crédito y actividad: la secuencia que no puede fallar

 La reciente acumulación de divisas por parte del Banco Central volvió a poner sobre la mesa un dato clave: cuando el stock de reservas crece de manera genuina, el riesgo país responde. Esa relación no es casual ni coyuntural. Refleja algo más profundo: la percepción de solvencia intertemporal y la expectativa de normalización financiera. En ese marco, la estrategia de recomponer reservas aparece como una de las pocas palancas reales para reactivar la economía sin volver a desanclar precios.

Ahora bien, la estabilidad cambiaria observada en los últimos meses no debería interpretarse como señal de llegada. Buena parte de esa calma descansa en un esquema de tasas reales elevadas frente a un tipo de cambio que se ajusta lentamente. Ese equilibrio, más que fortaleza, delata fragilidad: sostiene la nominalidad, pero enfría la actividad y castiga a amplios segmentos del entramado productivo orientado al mercado interno.

Si el objetivo es que 2026 marque un punto de inflexión en términos de crecimiento, la reactivación no puede apoyarse únicamente en el freno inflacionario. Necesita volumen, crédito y circulación monetaria, sin que eso implique volver a una dinámica de desequilibrios. Allí aparece un punto central: la expansión monetaria destinada a fortalecer el balance del Banco Central no es equivalente a financiar déficits. Cuando la emisión tiene como contrapartida reservas, el efecto sobre expectativas y riesgo es radicalmente distinto.

La clave está en la disciplina fiscal. Mientras el sector público cubra sus compromisos —tanto en moneda local como extranjera— sin recurrir al financiamiento monetario, la única fuente de creación de dinero será la compra de divisas. En ese contexto, la mayor liquidez no presiona sobre el dólar: alimenta demanda, crédito y actividad. La monetización deja de ser un problema y pasa a ser parte de la solución.

El problema aparece cuando el sistema se apoya en tasas reales excesivas. Ese nivel de rendimientos no responde a fundamentos productivos, sino a la persistencia de restricciones cambiarias y a la incertidumbre sobre su salida. El resultado es conocido: flujos financieros de corto plazo, atraso relativo del tipo de cambio real y una economía que posterga decisiones de inversión. La historia argentina ofrece suficientes ejemplos de cómo ese sendero termina en correcciones abruptas.

La salida ordenada exige decisiones de fondo. Un mercado cambiario unificado, sin castigos regulatorios ni amenazas de reversión, permitiría reducir primas de riesgo y alinear tasas domésticas con el costo de capital de una economía en crecimiento. En ese esquema, el crédito puede expandirse sin generar tensiones, y el Banco Central concentrarse en su función principal: administrar liquidez y fortalecer reservas.

También hay un impacto fiscal que no debe subestimarse. Tasas reales altas encarecen el servicio de la deuda en pesos y desplazan recursos que podrían destinarse a infraestructura, logística y competitividad. Sostener la desinflación a fuerza de anclar la moneda termina siendo más costoso que efectivo.

La experiencia reciente —y no tan reciente— muestra que acumular reservas vía arbitrajes financieros es pan para hoy y estrés para mañana. Cuando cambian las condiciones externas o internas, esos flujos se evaporan, el tipo de cambio salta y la credibilidad se resiente. Evitar ese ciclo no requiere ingeniería sofisticada, sino reglas claras: endeudamiento público sin tasa fija en moneda local, plazos más largos y un sistema financiero que asigne crédito según riesgo y no por distorsiones regulatorias.

La normalización cambiaria y financiera no es un complemento de las reformas estructurales: es su condición previa. Con una economía en movimiento, las transformaciones laborales, impositivas y de apertura comercial son políticamente viables y económicamente efectivas. En recesión, se vuelven defensivas y estériles.

En definitiva, la reactivación sostenible no vendrá de exprimir el carry ni de celebrar la quietud del dólar. Vendrá de reconstruir la moneda, bajar el costo del capital y devolverle oxígeno al mercado interno. Las reservas son el punto de partida; la secuencia de políticas es lo que define si esta vez el proceso termina distinto,

febrero 02, 2026

Cuando el mundo vuelve a crujir: metales, deuda y el riesgo de quedar afuera

La crisis financiera global de 2008 dejó una enseñanza que el mercado suele olvidar rápido: los desequilibrios no desaparecen, se trasladan en el tiempo. Dieciséis años después, el sistema vuelve a mostrar grietas profundas, aunque esta vez el epicentro no es un banco de inversión puntual, sino el corazón mismo del orden monetario internacional.

El movimiento de los metales preciosos no es casual ni especulativo. El oro acercándose a la zona de USD 4.700 y una plata que comienza a acelerar en lo que técnicamente puede leerse como una fase 3 de mercado alcista, no reflejan euforia, sino desconfianza. Desconfianza en las monedas, en la deuda soberana y en la capacidad de los Estados para honrar compromisos sin licuar valor.

El dólar, todavía dominante por inercia, empieza a mostrar signos de fatiga estructural. No colapsa, pero pierde centralidad. Los términos de intercambio globales comienzan a correrse hacia esquemas que evitan al billete estadounidense, mientras las principales potencias ajustan silenciosamente sus carteras. Japón y China —los dos mayores tenedores de bonos del Tesoro norteamericano— están reduciendo exposición. Japón, además, subió la tasa de su bono a 40 años a niveles no vistos desde 2007, una señal inequívoca: el dinero barato de décadas llegó a su límite.

Cuando los grandes acreedores dejan de financiar cómodamente al deudor principal del sistema, el riesgo no es solo financiero: es sistémico. Las bolsas globales, que todavía operan con múltiplos exigentes y optimismo selectivo, parecen ignorar un escenario que recuerda peligrosamente a los meses previos a la crisis subprime. Liquidez más cara, crecimiento más débil y activos financieros inflados suelen ser una combinación explosiva.

En ese contexto, los metales no suben: se refugian. Y cuando el refugio se vuelve masivo, el mensaje es claro.

Ahora bien, ¿qué implica todo esto para Argentina?

En un mundo que empieza a castigar el riesgo y a premiar la solidez, Argentina llega en la peor de las posiciones posibles. Con un riesgo país rondando los 500 puntos, sin acceso al mercado voluntario de crédito y con reservas que no logran consolidarse, el país queda expuesto a cualquier shock externo. No hay margen para errores ni para depender de un viento de cola que ya no existe.

Mientras el capital global se vuelve selectivo y huye de la deuda débil, Argentina sigue siendo percibida como un emisor sin ancla creíble de largo plazo. En un escenario de estrés financiero internacional, los países sin financiamiento externo no solo quedan afuera: quedan vulnerables. Cada ajuste global endurece las condiciones internas, presiona el tipo de cambio, encarece el crédito y reduce aún más el margen de maniobra.

La paradoja es brutal: mientras el mundo discute cómo proteger valor ante el deterioro de las monedas fiat, Argentina todavía discute cómo sobrevivir sin mercado de capitales. Y cuando el ciclo global se da vuelta, no hay narrativa que reemplace a la solvencia.

La historia muestra que las crisis globales no golpean a todos por igual. Golpean más fuerte a quienes llegan endeudados, sin reservas y sin credibilidad. Y esta vez, el temblor no parece menor.

El mercado ya empezó a moverse. La pregunta no es si habrá corrección, sino quiénes estarán parados cuando llegue.

Archivo del blog