octubre 25, 2026

CUANDO LA MOTOSIERRA AMENAZA CON DEVORARSE AL LIBERALISMO

La Argentina de Milei: menos inflación, una estabilización inconclusa y una clase media bajo presión.


Editorial de Pronóstico Bursátil | 25 de octubre de 2026


Hay una pregunta que me hago desde hace tiempo: ¿puede considerarse exitoso un programa económico que reduce la inflación, pero no consigue recuperar de manera sostenida y generalizada el consumo, la producción, el crédito y el poder adquisitivo de la clase media?


Porque una cosa es bajar la inflación. Otra, muy diferente, es estabilizar una economía.


Y mucho más difícil todavía es construir las condiciones para que esa economía vuelva a crecer de manera sostenida.


Javier Milei llegó al poder levantando las banderas del liberalismo, la motosierra y la eliminación de los privilegios. Sin embargo, después de casi tres años de gestión, considero que corresponde preguntarse cuánto hay de liberalismo en el programa económico que efectivamente se está aplicando.


A mi juicio, lo que tenemos es un esquema de ajuste fiscal, restricción monetaria y administración de las condiciones financieras y cambiarias que consiguió resultados nominales, pero todavía no resolvió varios de los desequilibrios estructurales argentinos.


Y los números merecen una mirada que vaya más allá de la inflación.


La economía real también vota


Según el INDEC, la inflación de septiembre de 2026 fue del 1,9% mensual.


Es un resultado que no corresponde desconocer. Reducir la velocidad a la que aumentan los precios es importante, especialmente después de la crisis inflacionaria que atravesó la Argentina.


Pero mientras se celebra ese indicador, otros datos describen una realidad bastante menos confortable.


El Estimador Mensual de Actividad Económica de agosto cayó 1,7% interanual. En términos desestacionalizados avanzó apenas 0,1% respecto de julio.


Las ventas reales de supermercados retrocedieron 3,7% interanual en agosto y acumularon una caída del 2,8% en los primeros ocho meses del año.


En los autoservicios mayoristas, la contracción interanual fue del 3,6%.


Los centros de compras, en cambio, mostraron una mejora interanual del 3,7% en agosto, aunque todavía registraban una caída acumulada del 1,2% en el año.


Estos números no describen una economía homogénea. Describen sectores que avanzan y otros que siguen retrocediendo.


Y detrás de esas estadísticas hay familias, comerciantes, trabajadores y pequeñas empresas.


La clase media: de motor económico a administradora de privaciones


La Argentina construyó buena parte de su identidad social alrededor de una clase media con aspiraciones de progreso.


La vivienda propia, la educación de los hijos, el automóvil, las vacaciones y la posibilidad de ahorrar eran parte de ese horizonte.


Hoy, para muchas familias, la discusión es bastante más elemental: cómo llegar a fin de mes.


Una familia de cuatro integrantes que alquila en la Ciudad de Buenos Aires, mantiene un automóvil económico y afronta sus gastos habituales puede necesitar, según el presupuesto familiar que elaboramos como ejemplo, alrededor de $2.900.000 mensuales.


Sin vacaciones. Sin ahorro. Sin gastos extraordinarios.


Solamente alquiler y alimentos representan aproximadamente el 60% de ese presupuesto ilustrativo.


Por supuesto, no todas las familias gastan lo mismo y ese cálculo no reemplaza una canasta oficial. Pero permite dimensionar una realidad que las estadísticas agregadas no siempre reflejan.


Y hay otro dato que resulta imposible ignorar: en el primer semestre de 2026, el 32,3% de las personas relevadas en los 31 aglomerados urbanos se encontraba por debajo de la línea de pobreza.


No se puede confundir una inflación menor con una recuperación automática del bienestar.


Que los precios aumenten más despacio no significa que bajen. Y que una familia consiga alimentarse no significa que pueda sostener su nivel de vida.


La clase media no necesita únicamente estabilidad nominal. Necesita ingresos, empleo, crédito y expectativas de progreso.


Caputo, Bausili y un programa que considero inconcluso


Luis Caputo y Santiago Bausili no son dos funcionarios que se conocieron cuando Milei asumió la Presidencia.


Trabajaron juntos durante años en el sector financiero y estuvieron vinculados a la consultora Anker Latinoamérica antes de incorporarse a esta administración.


Esa trayectoria compartida es relevante para comprender la coordinación entre el Ministerio de Economía y el Banco Central.


Ahora bien, el problema no es su pasado profesional. El problema es el resultado y la sostenibilidad de las políticas que implementan.


Desde mi perspectiva, el programa avanzó en la corrección fiscal y en la desaceleración de la inflación, pero quedó a mitad de camino en aspectos esenciales de una estabilización duradera.


La acumulación genuina de reservas netas, la normalización financiera, la recuperación de la demanda de pesos, el desarrollo del crédito y la competitividad de los sectores productivos siguen siendo cuestiones decisivas.


El Gobierno sostiene que el equilibrio fiscal, la disciplina monetaria y las reformas estructurales permitirán consolidar el crecimiento.


Es una hipótesis que merece ser evaluada por sus resultados, no por sus promesas.


Porque un programa económico no puede juzgarse solamente por la evolución de una variable.


¿Estabilidad cambiaria o postergación de los ajustes?


Acá aparece, para mí, uno de los interrogantes más importantes.


La Argentina tiene una larga historia de utilizar el tipo de cambio como instrumento para moderar la inflación.


Cuando el dólar aumenta menos que los costos internos, los precios medidos en dólares pueden subir y la competitividad de determinadas actividades puede deteriorarse.


Eso no significa que exista un único tipo de cambio de equilibrio ni que una devaluación sea necesariamente la solución.


Significa que debemos analizar si la estructura de precios relativos es sostenible.


El Instituto Interdisciplinario de Economía Política de la UBA y el CONICET estimó que, pese a la estabilización reciente del tipo de cambio real, su nivel continuaba aproximadamente un 28% por debajo del promedio histórico de largo plazo.


No es una prueba de que el dólar deba subir inmediatamente un porcentaje determinado. Pero sí constituye una señal que merece atención.


A eso se suma la discusión sobre la forma en que se compran reservas y se absorben pesos.


Recientemente, el economista Ricardo Arriazu advirtió que determinados mecanismos de acumulación de divisas pueden desplazar financiamiento del sector privado cuando la demanda de dinero no acompaña.


Y un análisis del IERAL de Fundación Mediterránea señaló las tensiones entre tres objetivos: acumular reservas, profundizar la desinflación y reactivar la actividad.


En otras palabras: no alcanza con comprar dólares. También importa cómo se financian esas compras, qué sucede con el crédito y qué costo soporta la economía real.


Mi hipótesis es que, si no se resuelven esas tensiones, tarde o temprano será necesario revisar aspectos del esquema cambiario, monetario y financiero.


No puedo afirmar cuándo ocurrirá ni anticipar una corrección brusca como si fuera un hecho consumado.


Pero tampoco considero prudente confundir la calma de una cotización con la resolución definitiva de los desequilibrios.


¿Esto es liberalismo?


Para mí, esta es una discusión que el propio liberalismo debería dar.


Una economía liberal no se define exclusivamente por reducir el gasto público o restringir la emisión monetaria.


También necesita competencia, reglas previsibles, inversión, seguridad jurídica, apertura de oportunidades y condiciones para que la iniciativa privada pueda desarrollarse.


Si una estabilización depende de una restricción monetaria prolongada, un mercado financiero condicionado y una economía doméstica que no logra recuperar su dinamismo, corresponde preguntarse cuánto se ha avanzado realmente hacia ese objetivo.


El equilibrio fiscal es importante.


La estabilidad de precios también.


Pero ninguna de las dos cosas garantiza por sí sola una economía competitiva, dinámica y socialmente sostenible.


Y mucho menos justifica ignorar los costos de transición.


La motosierra y su impacto fuera de la Argentina


Milei convirtió la motosierra en un símbolo internacional.


Para algunos representa la decisión de enfrentar déficits persistentes y estructuras estatales ineficientes. Para otros simboliza recortes que pueden deteriorar servicios públicos y condiciones de vida.


El debate ya no se limita a la Argentina.


Los dirigentes de otros países pueden observar tanto la reducción de la inflación como los indicadores de actividad, consumo, pobreza y financiamiento.


Ahora bien, no hay evidencia suficiente para afirmar que el mundo entero rechaza el programa argentino o que una eventual victoria de Lula en Brasil sería consecuencia de la experiencia de Milei.


Sería una simplificación.


Lo que sí puede plantearse es una hipótesis política relevante: si el programa argentino termina asociado con una recuperación estrecha y dificultades persistentes para la clase media, sus adversarios en otros países podrían utilizar esa experiencia como argumento contra las propuestas liberales.


Y eso sería una paradoja.


Un gobierno que se presenta como defensor del liberalismo podría terminar perjudicando la imagen de esas ideas si sus resultados no se traducen en mejoras suficientemente amplias del bienestar.


El verdadero examen


No desconozco los desequilibrios que recibió Milei ni la necesidad de corregirlos.


Tampoco desconozco el valor de reducir la inflación.


Pero me niego a aceptar que la discusión económica termine ahí.


Un país no se estabiliza plenamente cuando sus ciudadanos aprenden a resignar consumos esenciales para sobrevivir.


No se desarrolla cuando la recuperación depende de unos pocos sectores mientras otros permanecen estancados.


Y no consolida su futuro únicamente exhibiendo equilibrio fiscal si no consigue transformar ese ordenamiento en inversión, productividad, empleo y mejores ingresos.


Por eso considero que el programa económico de Caputo y Bausili sigue inconcluso y presenta fragilidades importantes. Mi evaluación es crítica: los avances nominales no alcanzan para demostrar su éxito integral.


La Argentina necesita algo más que una motosierra y una licuadora.


Necesita una estrategia económica capaz de combinar estabilidad, competitividad, crédito y crecimiento.


Porque la verdadera prueba de un programa no es cuánto logra contener una variable financiera.


Es cuánto mejora la vida de quienes trabajan, producen, invierten y sostienen todos los días a este país.


Y de cara a 2027, ese debería ser uno de los grandes debates nacionales.


Pronóstico Bursátil

Análisis y opinión económica. No constituye asesoramiento de inversión.

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