Javier Milei tuvo su momento.
Tuvo meses en los que parecía haber comprendido mejor que nadie el hartazgo de una sociedad cansada de inflación, déficit, privilegios, corrupción y una dirigencia política que durante décadas prometió soluciones mientras acumulaba problemas.
Llegó como el distinto.
El economista que venía a romper todo.
El hombre que decía lo que los políticos tradicionales no se animaban a decir.
Y millones de argentinos, muchos sin ser libertarios, decidieron darle una oportunidad.
Pero el poder tiene una característica implacable: termina mostrando a las personas sin maquillaje.
Y tengo la sensación de que estamos entrando en esa etapa.
El Milei disruptivo empieza a transformarse en un Presidente cada vez más encerrado en su propia interpretación de la realidad.
Escucha números que confirman su éxito y parece rechazar aquellos que lo contradicen.
La pobreza baja: festejo.
El PBI crece: festejo.
Vaca Muerta bate récords: festejo.
La minería recibe inversiones: festejo.
El agro genera dólares: festejo.
Todo eso puede ser cierto.
El problema es todo lo que queda afuera de esa fotografía.
El comerciante que vende menos.
La pyme que no encuentra demanda.
La familia que financia alimentos con la tarjeta.
La construcción que no termina de reaccionar.
El trabajador que escucha hablar de crecimiento mientras revisa cuánto dinero le queda para terminar el mes.
Esa Argentina también existe.
Y probablemente sea bastante más numerosa que la Argentina que aparece en las presentaciones oficiales.
El Presidente y su realidad
Esta semana Milei volvió a hablar frente al círculo empresario en el Council of the Americas.
Podía haber utilizado ese escenario para reconocer problemas, explicar correcciones y presentar una hoja de ruta para transformar la estabilización macroeconómica en crecimiento de la economía real.
Eligió nuevamente el relato del éxito.
Una economía que crece.
Una inflación derrotada.
Una Argentina encaminada.
Quizás todos esos objetivos terminen cumpliéndose.
Pero un Presidente no pierde autoridad por reconocer un problema.
La pierde cuando millones de personas observan una realidad y desde el poder les explican que deberían estar viendo otra.
Ahí comienza la desconexión.
El insulto como método
Hay además algo que excede completamente la economía.
La degradación de la palabra presidencial.
Un Presidente puede enfrentarse con periodistas.
Puede considerar que un periodista miente.
Puede desmentirlo, exponerlo y demostrar públicamente sus errores.
Lo que resulta difícil de naturalizar es que el Presidente de la Nación convierta expresiones como “mierda humana”, “sorete” y otras descalificaciones en parte habitual de su comunicación.
Eso no es liberalismo.
Tampoco es rebeldía.
Es degradación institucional.
Porque existe una diferencia enorme entre ser políticamente incorrecto y perder las formas mínimas que exige representar a cuarenta y tantos millones de argentinos.
Y cuanto más habitual se vuelve el insulto, menos fortaleza transmite.
Llega un momento en que empieza a transmitir otra cosa.
¿Quién gobierna?
También empiezan a aparecer preguntas que antes parecían secundarias.
¿Cuánto gobierna realmente Javier Milei?
¿Cuánto poder concentra Karina Milei?
¿Quién administra políticamente el Gobierno mientras el Presidente libra diariamente sus batallas culturales?
La hermana presidencial dejó hace mucho tiempo de ser simplemente una colaboradora.
Es una de las personas más poderosas de la Argentina.
Y eso tampoco sería necesariamente un problema si existieran mecanismos claros de responsabilidad política.
El problema aparece cuando el poder es enorme pero la rendición de cuentas es difusa.
Los soldados de las redes
Milei llegó al poder gracias, entre otras cosas, a una maquinaria digital formidable.
Fernando Cerimedo fue una de las personas vinculadas a aquella construcción política y comunicacional.
Hoy Cerimedo está detenido en Bolivia e investigado por la Justicia de ese país por una gravísima acusación vinculada al ataque contra su expareja.
Será la Justicia la que determine responsabilidades.
No corresponde condenarlo desde una columna periodística.
Pero el episodio vuelve a mostrar algo que merece ser discutido: qué clase de ecosistema político y digital se construyó alrededor del fenómeno libertario.
Porque la batalla cultural empezó siendo una discusión de ideas y terminó demasiadas veces convertida en ejércitos digitales dedicados a señalar enemigos, insultar periodistas y decidir quién es suficientemente libertario y quién merece ser expulsado del paraíso.
Lo que realmente me preocupa
Sin embargo, nada de esto es lo que más me preocupa.
Me preocupa el liberalismo.
Durante décadas, en Argentina defender equilibrio fiscal, propiedad privada, competencia, moneda sana, apertura económica y límites al Estado era prácticamente una excentricidad política.
Milei consiguió algo extraordinario:
puso esas ideas en el centro de la discusión nacional.
Millones de jóvenes comenzaron a hablar de libertad económica.
Conceptos que antes circulaban solamente en universidades, fundaciones y pequeños grupos intelectuales llegaron a millones de personas.
Ese puede ser uno de sus grandes méritos históricos.
Pero también puede convertirse en su peor legado.
Porque si Milei termina asociando liberalismo con insultos, intolerancia, personalismo, agresión permanente y negación de cualquier realidad incómoda, el daño puede durar mucho más que su Presidencia.
Ese es mi temor.
Que después de Milei aparezca una generación que no recuerde el equilibrio fiscal.
Que no recuerde la discusión sobre el tamaño del Estado.
Que no recuerde la defensa de la propiedad privada.
Que recuerde solamente los insultos.
Y entonces el liberalismo vuelva a convertirse durante décadas en una mala palabra dentro de la política argentina.
El poder siempre parece eterno
Todos los gobiernos creen, durante algún momento, que encontraron una explicación definitiva de la realidad.
Y todos descubren tarde o temprano que la sociedad es bastante más compleja.
Las redes pueden amplificar.
Los militantes pueden aplaudir.
Los funcionarios pueden acercar estadísticas maravillosas.
Pero finalmente existe una pregunta que ningún Presidente puede evitar:
¿La gente siente que vive mejor?
Si la respuesta empieza a ser negativa, ningún algoritmo alcanza.
Ningún ejército digital alcanza.
Ningún insulto alcanza.
Y ningún relato alcanza.
Milei todavía tiene tiempo.
Mucho más del que algunos creen y bastante menos del que probablemente imagina.
Puede recuperar aquella capacidad de interpretar el hartazgo social que lo llevó hasta la Presidencia.
Puede escuchar.
Puede corregir.
Puede entender que reconocer un problema no significa entregarse a la casta.
Significa gobernar.
Porque el riesgo que enfrenta Javier Milei ya no es solamente perder una elección.
Es algo mucho más importante.
Es pasar de ser el hombre que consiguió que millones de argentinos volvieran a discutir las ideas de la libertad...
a convertirse en el hombre que logró que millones terminaran rechazándolas.
Y si eso ocurre, la historia podría terminar siendo especialmente cruel con él:
Javier Milei habrá ganado la Presidencia en nombre del liberalismo y habrá terminado siendo quien más daño le hizo.