diciembre 16, 2025

Una cadena de pagos al borde del colapso: la advertencia récord de la industria

La última encuesta de la Unión Industrial Argentina (UIA) deja un dato alarmante: casi la mitad de las empresas manufactureras hoy no puede cubrir obligaciones básicas como salarios, proveedores o impuestos. AriesOnLine+2diarioneuquino.com.ar+2
Al mismo tiempo, los cheques rechazados aumentaron entre 30 % y 40 % en el trimestre reciente. diarioneuquino.com.ar+2Los Andes+2

Si se analiza con atención, lo que está fallando no es un sector aislado: es la estructura misma del circuito productivo nacional. Cuando se quiebra la cadena de pagos, se paraliza la producción, se endurece la morosidad, se retrasa el salario y se hunde la confianza.

🔎 Los síntomas de una crisis sistémica

Este escenario deteriora el mercado interno, empuja a muchas empresas al abismo y multiplica la fragilidad. Se produce un círculo vicioso: caída de ventas → falta de liquidez → cheques rechazados → menor producción → más despidos o cierre.

📉 Medidas contra la cadena productiva: un camino hacia el estancamiento

La política económica actual prioriza la estabilidad nominal: inflación baja, deuda financiera, ancla cambiaria, ajuste. Pero lo hace sacrificando masa salarial real, demanda interna, crédito productivo y capital de trabajo. El resultado: una industria asfixiada, pymes quebrando o sobreviviendo al límite, empleados en riesgo, y menor recaudación.

Sostener un dólar bajo, tasas altas y control de precios no genera producción: genera importación, dependencia y desempleo. Con ese esquema, quien resiste no es la industria: resiste el endeudamiento, la especulación financiera y la fragilidad de los balances.

⚠️ Qué puede venir si no hay reacción urgente

Si no se arbitran medidas urgentes, el escenario para 2026 se complica:

  • Más empresas quebradas —no por mala gestión, sino por falta de liquidez estructural.

  • Caída sostenida del empleo formal, con impacto social.

  • Mayor informalidad, desempleo y precariedad.

  • Pérdida de base industrial, con menor capacidad productiva y menos exportaciones.

  • Cierre de un círculo vital: menos producción → menos recaudación → peor estructura fiscal → menor inversión pública/privada.

✅ Qué debería hacerse — y ya

  1. Restablecer liquidez genuina para empresas: acceso a crédito productivo, plazos razonables, alivio fiscal transitorio.

  2. Reestructurar la cadena de pagos —no solo a grandes actores, sino a pymes: reducir plazos, garantizar pago de sueldos, suspender embargos masivos.

  3. Permitir un ajuste razonable del tipo de cambio real para proteger la industria nacional, incentivando producción y sustitución de importaciones.

  4. Compensar el ajuste con políticas de estímulo al consumo interno, de modo de sostener demanda y amortiguar el impacto social.

  5. Política económica coherente: combinar disciplina fiscal con incentivos reales a la producción, de forma sostenible y con horizonte.


Si el Gobierno y los actores relevantes no reaccionan con urgencia, la pandemia financiera silenciosa en la industria terminará por romper la estructura productiva nacional. Y cuando eso sucede, no hay “rescate cambiario” ni “líneas de crédito” que alcancen a rearmar lo que se destruyó.

Argentina se enfrenta a una disyuntiva decisiva: o se atienden las grietas de la cadena de pagos, o se acepta una reconfiguración de su matriz productiva en la que la industria ya no existe.

Porque la estabilidad nominal —sin producción, sin empleo e inversión real— es apenas un espejismo contable. 

diciembre 09, 2025

Industria en caída, dólar disciplinado y un Gobierno que no piensa cambiar el libreto

 La foto económica que deja este final de año muestra un contraste cada vez más difícil de disimular: mientras el Gobierno celebra avances en materia fiscal y presume de una supuesta estabilidad nominal, la economía real ofrece señales inequívocas de agotamiento. El deterioro industrial, la falta de inversión y el freno de la actividad son síntomas que ya no aparecen como desvíos aislados sino como el resultado de una estrategia deliberada.

La producción manufacturera acumula una caída persistente que supera ampliamente el retroceso observado en recesiones recientes. Tomando como referencia los últimos dos años, el desempeño industrial actual es comparable —e incluso peor— al de los momentos más críticos de los ciclos anteriores. No se trata de un fenómeno sectorial: la contracción es amplia, profunda y transversal. Sin embargo, su explicación dentro del oficialismo es simple: si algún rubro no resiste la mayor competencia importada, entonces “sobraba”. El esquema conceptual del Gobierno no incluye consideraciones sobre empleo, tejido productivo o densidad industrial: sólo importan los consumidores y la velocidad a la que baja la inflación.

Esa lógica se replica en toda la política económica. La obsesión por aplastar el índice de precios guía cada decisión: mantener barato el dólar, recortar el gasto a como dé lugar, evitar toda emisión que no sea estrictamente inevitable y sostener un tipo de cambio que preserve el “ancla nominal” aun cuando eso implique asfixiar al sector transable. Para el oficialismo, cualquier modificación en este menú sería equivalente a desandar el ajuste fiscal. Por lo tanto, no habrá cambios voluntarios: ni recomposición del tipo de cambio real, ni acumulación de reservas, ni giro hacia un esquema monetario diferente. Si algo cambia, será porque la realidad se imponga, no por convicción.

Pero incluso dentro de ese marco, comienzan a aparecer tensiones difíciles de administrar. La inflación dejó de descender y empezó a mostrar un leve rebote. El dólar real —tras varios meses de corrección— volvió a moverse en zonas incómodas para la competitividad. Y mientras la industria sigue recortando producción y empleo, la inversión continúa en mínimos históricos. Argentina registra uno de los peores niveles de formación de capital de las últimas dos décadas, un dato incompatible con cualquier promesa de crecimiento sostenido. A la vez, la inversión extranjera directa sigue sin aparecer: ni confianza, ni dólares frescos, ni proyectos que cambien la dinámica.

A esto se suma otro problema mayor: la estrategia cambiaria descansa cada vez más en el financiamiento externo. El Gobierno apuesta a la asistencia de Estados Unidos para sostener el tipo de cambio durante 2026 y 2027. Pero ese apoyo no es institucional ni estructural: depende de dos liderazgos políticos, en un contexto global que cambia semana a semana y con tensiones crecientes dentro del propio sistema financiero norteamericano. Es un error asumir que las próximas etapas se parecerán a la foto actual.

De hecho, los próximos meses cargan un riesgo elevado. Con la estacionalidad cambiaria jugando en contra, una oferta de divisas más baja que en cualquier otro período y una demanda que podría repuntar por vacaciones y dolarización minorista, el margen para sostener este esquema es cada vez más estrecho. Si no ocurre un nuevo aporte extraordinario desde Washington, la presión podría reaparecer mucho antes de lo que el Gobierno imagina.

El punto central es simple: el oficialismo cree que bajar la inflación es suficiente para que el crecimiento llegue solo, pero ignora que la economía real tiene tiempos, velocidades y necesidades que no encajan dentro de ese experimento. La industria no puede reconvertirse de un día para el otro. La inversión no aparece por decreto. Y ninguna competitividad sostenible puede surgir con un tipo de cambio que se aprecia mes a mes mientras se abren las importaciones sin gradualidad.

Hoy la política económica sigue una lógica que privilegia la estadística y sacrifica la estructura productiva. Si esa lógica no cambia, el riesgo es claro: que la economía llegue a la próxima etapa sin industria, sin empleo y sin capacidad de reacción ante cualquier shock externo. El mercado puede tolerar precios quietos durante un tiempo, pero no un país que deja de producir.

La pregunta ya no es si habrá consecuencias.
La pregunta es cuánto tiempo más podrá el Gobierno sostener un programa que cada día se parece más a un equilibrio frágil.

diciembre 02, 2025

Cuando Japón mueve la tasa, Argentina tiembla

 El mundo financiero amaneció con un dato que, lejos de ser anecdótico, representa un cambio estructural en el sistema monetario global: el rendimiento del bono japonés a 2 años superó el 1% por primera vez desde 2008. Para Japón, es apenas una cifra. Para el resto del mundo, es un sismo. Y para economías frágiles como la argentina, es una amenaza directa.

Durante dos décadas, Japón fue el gran financiador del planeta. Su política de tasas ultrabajas permitió que bancos, fondos de cobertura y aseguradoras se endeudaran en yenes casi sin costo —el famoso yen carry trade— para volcar esos recursos a bonos, acciones y monedas de mayor riesgo. Fue un lubricante silencioso del sistema financiero global.

Pero cuando la tasa japonesa corta rompe la barrera del 1%, ese esquema deja de funcionar. Y los capitales empiezan a regresar a casa.

Un mundo con tasas más duras

El giro japonés se suma a un contexto donde ni la Reserva Federal ni el Banco Central Europeo pueden relajar demasiado. Las tasas largas globales se recalibran al alza. Los rendimientos suben. El dinero se encarece. Y el apetito por riesgo, inevitablemente, se reduce.

Para economías ordenadas, esto significa volatilidad.
Para economías endeudadas, es una señal de advertencia.
Para economías desequilibradas como la argentina, puede transformarse en un problema sistémico.

Argentina: la tormenta perfecta

Argentina llega a este cambio global con una vulnerabilidad que se disimula con narrativa, pero no con números:

1. Reservas netas negativas

El Banco Central opera sin colchón. Cada movimiento del dólar global se amplifica. Si el dólar se fortalece —como suele ocurrir cuando el yen se aprecia y la tasa global sube— Argentina lo siente de forma inmediata en sus dólares financieros.

Sin reservas, el país carece de capacidad de intervención.
Y sin intervención, depende de la fe de los mercados.
Una fe que, ante shocks externos, suele evaporarse.

2. Un tipo de cambio artificialmente bajo

Con inflación que sigue siendo de dos dígitos mensuales en varios rubros y un crawling peg rezagado, el tipo de cambio oficial se fue transformando en un precio político más que económico. Ya no es ancla; es una bomba de tiempo.

La suba de la tasa japonesa presiona al dólar global y a los emergentes.
Argentina no tiene margen para absorber esa presión sin consecuencias:
– Se amplía la brecha.
– Se encarece el financiamiento comercial.
– La acumulación de reservas se vuelve aún más difícil.

3. Recesión profunda

El ajuste fiscal desplomó la demanda interna. La inversión está paralizada. La industria trabaja en niveles de 2002. En condiciones normales, una recesión amortigua los shocks externos porque reduce importaciones y presiones cambiarias.

Pero Argentina vive una recesión con inflación alta, brecha contenida artificialmente y reservas negativas. Es decir, la economía se achica, pero los desequilibrios no.

4. El muro de deuda 2026–2027

Este es el elefante en la habitación.

En 2026 y 2027 vencen miles de millones de dólares entre capital e intereses con el FMI, bonistas privados, organismos y deuda local en moneda dura. Reestructurar nuevamente tiene costos reputacionales enormes. Pagar sin acceso a crédito externo es casi imposible.

Hasta ayer, había una esperanza implícita: que el mundo siguiera inundado de liquidez barata. Que las tasas globales cedieran. Que algún flujo de carry trade o búsqueda de rendimiento empujara los bonos argentinos.

Japón acaba de dinamitar esa hipótesis.

El nuevo clima global no tolera experimentos

Con tasas más altas en el centro del sistema, los flujos ya no buscan riesgo; buscan refugio. Las primas de riesgo se ensanchan. Los emergentes se recalifican. El financiamiento se encarece. Los capitales especulativos desaparecen.

Argentina, que nunca resolvió sus problemas estructurales, queda expuesta de forma desnuda:

– Sin reservas,
– con un dólar artificial,
– en recesión,
– con riesgo país altísimo,
– y con un calendario de deuda inadministrable.

Si el mundo cambia hacia tasas más duras, Argentina no tiene red.

Conclusión: el reloj global ya no juega a favor

Japón movió la tasa. Y cuando la tercera economía del mundo mueve su ancla monetaria, todas las embarcaciones financieras del planeta se recalibran. En ese oleaje, los países con equilibrio macro flotan. Los países con desequilibrios navegan con dificultad. Y los países que nunca resolvieron sus fragilidades se hunden más rápido.

Argentina no está condenada.
Pero el mundo ya no regala tiempo.
Y los mercados globales acaban de recordarlo de manera contundente.

diciembre 01, 2025

La economía argentina ante su límite operativo: el dilema de un modelo que no cierra

El Gobierno encara la segunda mitad del mandato afirmando que la estabilización ya está encaminada y que el país finalmente encontró “la senda correcta”. Sin embargo, detrás de los titulares de baja inflación convive una macroeconomía exigida al extremo, una microeconomía asfixiada y un mercado cambiario que sólo respira gracias a aportes externos cada vez más grandes y, en muchos casos, transitorios.

La pregunta central no es si el plan actual puede sostener un dígito de inflación. La pregunta es si esta arquitectura económica es viable sin sacrificar nivel de actividad, empleo, competitividad y, sobre todo, gobernabilidad.

Un ajuste que no puede ser permanente

El corazón del programa fiscal se apoya en un recorte profundo del gasto. Ese esquema, por definición, no puede extenderse indefinidamente sin costar legitimidad política. En una elección presidencial, la economía pesa. Y cuando la actividad se traba, el crédito desaparece, el tipo de cambio queda pisado y los ingresos reales se erosionan, tarde o temprano la tolerancia social se agota.

El discurso oficial promete alivio impositivo, pero la hoja de ruta real va en sentido contrario: mayor base imponible, más presión fiscal futura derivada del creciente peso de la deuda y un Estado que seguirá necesitando recursos para pagar intereses aun cuando recorte todo lo recortable.

Bajo este escenario, ninguna reforma tributaria ni laboral puede destrabar la dinámica de inversión y empleo si antes no se corrigen los desequilibrios macro que impiden producir con rentabilidad.

Un tipo de cambio que no cierra con la economía real

Aunque el dólar subió en términos reales en los últimos meses, los niveles actuales siguen sin servirle a la industria, el comercio, la construcción, el turismo y buena parte de las pymes. Sólo el agro aparece relativamente más cómodo.

Si la inflación se mantiene por encima de la pauta oficial de 1% mensual, defender la banda cambiaria implica volver a atrasar el dólar y profundizar los problemas de competitividad. La raíz del conflicto es evidente: dólar atrasado, tasa altísima y nula profundidad del crédito.

El Gobierno pretende que una batería de desregulaciones alcance para compensar un atraso cambiario estructural. Pero sin inversión, sin capital instalado y con productividad en caída desde hace más de una década, es difícil que el “shock regulatorio” reemplace al precio relativo clave que es el tipo de cambio.

Una demanda de dólares que no baja y un financiamiento que no es eterno

La realidad más preocupante es el comportamiento del mercado cambiario privado.
La demanda anualizada de dólares para atesoramiento y tarjeta supera los USD 60.000 millones. A eso se suman las necesidades del Estado para pagar intereses, que rondarán los USD 9.000 millones.

Con el dólar actual, ese faltante es insostenible sin una suba del tipo de cambio o sin aportes externos extraordinarios. Hoy el Gobierno optó por lo segundo: intervención estadounidense, swap, retenciones cero transitorias, blanqueo, FMI, carry trade, venta de dólares del público. Todo suma, pero todo es transitorio.

El resultado: el mercado dejó de volar por un rato, pero la trayectoria sigue apuntando hacia arriba.
La estabilidad actual depende de ingresos extraordinarios y no de un equilibrio genuino entre oferta y demanda.

El dilema de la manta corta

El oficialismo enfrenta un dilema estratégico que condiciona todo 2026:

  • Si prioriza bajar la inflación a cualquier costo, seguirá golpeando la actividad, profundizando el atraso del dólar y deteriorando la competitividad.

  • Si decide darle aire al nivel de actividad, necesitará dólar más alto, tasas más bajas y mayor expansión monetaria, aceptando una desaceleración más lenta (o incluso una pausa) en la baja de la inflación.

Ambos caminos tienen costos. Pero el actual —seguir apretando el freno— luce cada vez menos sostenible económica, social y políticamente.

El punto ciego del modelo

El Gobierno celebra desregulaciones, cambios administrativos y una mayor apertura comercial futura. Pero la inversión no aparece.
El país tiene el nivel de inversión más bajo de los últimos siete presidentes. Sin inversión no hay crecimiento; sin crecimiento no hay empleo; sin empleo no hay consumo.

Y sin estos elementos, cualquier plan económico se queda sin cimientos.

Conclusión: una economía que vive de prórroga en prórroga

El Gobierno consiguió tiempo. El apoyo externo, la intervención estadounidense y el resultado electoral evitaron un salto desordenado del tipo de cambio. Pero el reloj sigue corriendo.

La macro no logra consolidarse, la micro está cada vez más asfixiada y el mercado cambiario vive alimentado por dólares prestados. La economía argentina no necesita un shock político ni un cambio de nombres: necesita coherencia entre la salud macro, la competitividad micro y un esquema cambiario y monetario que no dependa del auxilio permanente de terceros.

Mientras eso no ocurra, cada vez que llegue una nueva “inyección” de dólares externos, el mercado celebrará… pero por un rato. El equilibrio real seguirá esperando.

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