octubre 19, 2026

675 PUNTOS: EL MERCADO TODAVÍA NO COMPRA EL RELATO

El riesgo país volvió a 675 puntos básicos, el máximo de 2026. Y más que discutir si son 650, 675 o 700, conviene preguntarse qué está diciendo ese número.

Porque 675 puntos no son una opinión política. Son el precio al que el mercado está dispuesto a asumir riesgo argentino.

El Gobierno puede mostrar equilibrio fiscal, menor inflación y un Banco Central con reservas brutas cercanas a US$50.000 millones. Puede también sostener un dólar mayorista alrededor de los $1.500 dentro del régimen de bandas. Todo eso existe. 

Pero los bonos están diciendo otra cosa: el mercado todavía exige respuestas sobre 2027.

Y no es un año cualquiera.

Las estimaciones privadas ubican los vencimientos soberanos de 2027 en la zona de US$20.000/25.000 millones, dependiendo de qué obligaciones y refinanciaciones se incluyan. El propio proyecto de Presupuesto contempla unos US$8.000 millones de amortizaciones con organismos multilaterales y bilaterales, incluyendo US$4.400 millones con el FMI, mientras supone refinanciar íntegramente los vencimientos del Tesoro en pesos y dólares principalmente mediante nueva deuda en pesos. 

Y ahí aparece el verdadero problema.

Argentina necesita rollear deuda en pesos, conseguir dólares para pagar deuda en moneda dura y hacerlo en un año electoral. Mientras tanto, con 675 puntos de riesgo país, volver normalmente al mercado internacional sigue siendo caro.

El Gobierno sostiene que el programa financiero está cubierto. Federico Furiase afirmó que los vencimientos en dólares de 2027 están prefinanciados mediante multilaterales y otras fuentes; Luis Caputo había dicho anteriormente que estaban identificadas las fuentes para unos US$9.000 millones correspondientes a los vencimientos de capital de julio de 2026 y enero y julio de 2027. Argentina

Pero existe una diferencia importante entre tener identificadas fuentes de financiamiento y que el mercado considere despejado el riesgo.

De hecho, Caputo acaba de admitir que podría recurrirse al swap con China si no se consigue refinanciar parte de la deuda en dólares prevista para 2027. El swap chino fue renovado este año y mantiene activo un tramo equivalente a unos US$5.000 millones. 

Ahí está, probablemente, la contradicción que hoy mira el mercado.

Si todo estuviera completamente resuelto, ¿por qué Argentina paga 675 puntos básicos adicionales de riesgo?

El riesgo país no dice que Argentina vaya a defaultear. Dice algo más sutil: los inversores todavía quieren cobrar mucho por correr el riesgo de prestarle.

Y tampoco parece alcanzar con mantener tranquilo al dólar.

Se puede administrar el tipo de cambio mediante bandas, intervenciones, tasas, deuda dollar-linked y diferentes mecanismos financieros. Pero el precio del dólar y el precio de los bonos pueden contar historias diferentes. El primero puede permanecer relativamente estable mientras el segundo empieza a exigir una prima creciente.

Eso es exactamente lo que merece atención.

Desde el mínimo de aproximadamente 403 puntos de julio, el riesgo país llegó hoy a 675: una suba de casi 67%. 

Por eso, quizá la pregunta relevante ya no sea solamente cuánto vale el dólar mañana.

La pregunta es otra:

¿Quién pone los dólares de 2027, a qué tasa y bajo qué condiciones?

Hasta que el mercado tenga una respuesta convincente, 675 puntos básicos son una señal de que la confianza financiera todavía tiene un precio demasiado alto.

Y el mercado, a diferencia de los discursos, vota todos los días con plata.

Ese último remate, para mí, es el que cierra la editorial. También cuidé una cosa importante: no afirmaría que 675 puntos significa que el mercado cree que Milei no va a pagar. Eso es demasiado fuerte. Sí podemos afirmar que el precio de los bonos muestra que el mercado todavía asigna un riesgo considerable al financiamiento y a la capacidad de pago futura, que es mucho más defendible técnicamente.

octubre 13, 2026

De los dólares en el celular a los USD 125.000 millones: cuando la credibilidad se convierte en el verdadero problema

Primero fueron los dólares que supuestamente estaban disponibles en un celular. Después apareció la famosa bazuca. Más tarde llegaron los anuncios de respaldos financieros cada vez más importantes. La semana pasada se hablaba de USD 70.000 o 75.000 millones. Ahora el presidente Javier Milei asegura contar con USD 125.000 millones para enfrentar una eventual corrida cambiaria durante 2027.


La pregunta es inevitable: ¿de dónde salieron los otros USD 50.000 millones en cuestión de días?


Porque una cosa es anunciar líneas de financiamiento, otra muy distinta es disponer efectivamente de esos recursos y otra, todavía más importante, es poder utilizarlos libremente para intervenir en el mercado cambiario.


En economía, las palabras importan. Pero cuando se habla de reservas, liquidez y capacidad de intervención, importan mucho más los balances.


No alcanza con decir que se tiene una bazuca. Hay que explicar cuántas municiones contiene, cuáles están disponibles, cuáles son prestadas, cuáles deben devolverse y cuáles existen solamente bajo determinados supuestos.


La credibilidad de un programa económico no se construye multiplicando cifras en declaraciones televisivas. Se construye demostrando que los compromisos pueden cumplirse sin necesidad de recurrir permanentemente a anuncios extraordinarios.


Y acá aparece una contradicción difícil de ignorar: si el programa económico es tan sólido, si el equilibrio cambiario es tan consistente y si las expectativas están tan bien ancladas, ¿por qué el propio Presidente necesita hablar reiteradamente de los miles de millones de dólares con los que enfrentaría una corrida?


Un Presidente puede intentar transmitir tranquilidad. Pero cuando convierte la posibilidad de una corrida en un tema recurrente de sus declaraciones, también puede conseguir exactamente el efecto contrario: instalar entre los inversores una preocupación que pretendía disipar.


La confianza no aumenta necesariamente porque un Presidente anuncie que tiene cada vez más dólares. A veces, cuanto más necesita repetirlo, más preguntas aparecen.


El problema no es solamente cuántos dólares hay. Es cuántos dólares son realmente utilizables.


La cifra de USD 125.000 millones merece un análisis mucho más serio que el de una declaración presidencial. Según el desglose difundido, el Gobierno incluye compras de divisas, líneas de swap, operaciones de futuros, ingresos comerciales esperados y financiamiento proyectado. No son conceptos equivalentes.


Un swap no es lo mismo que una reserva propia. Una línea de crédito no es dinero disponible sin condiciones. Una operación de futuros puede ofrecer cobertura cambiaria, pero no necesariamente entregar dólares físicos. Y las exportaciones futuras son ingresos que todavía deben materializarse y que, además, pertenecen inicialmente a quienes producen y exportan.


Por eso, sumar todos esos conceptos y presentarlos como si fueran una única disponibilidad inmediata de divisas puede generar una impresión equivocada de la verdadera capacidad de intervención.


El dato es suficientemente ilustrativo: al 7 de octubre, las reservas internacionales brutas del Banco Central rondaban los USD 49.133 millones. Eso no significa que fueran íntegramente propias ni de libre disponibilidad. Mucho menos que existieran USD 125.000 millones líquidos esperando ser utilizados.


No se trata de negar que los acuerdos financieros puedan servir. Pueden ser herramientas importantes para administrar situaciones de estrés. Tampoco corresponde desconocer las compras de divisas realizadas por el Banco Central durante 2026.


Lo que corresponde es exigir transparencia.


¿Cuántos dólares son propios? ¿Cuántos prestados? ¿Cuántos dependen de autorizaciones externas? ¿Cuántos ya están contabilizados dentro de las reservas brutas? ¿Cuántos podrían utilizarse efectivamente mañana si el mercado decidiera poner a prueba el esquema?


Hasta que esas preguntas tengan respuestas precisas, hablar de USD 125.000 millones como si fueran una caja disponible es, como mínimo, una presentación que exige demasiadas aclaraciones.


Un peso apreciado y una economía que necesita competitividad


Pero la discusión de fondo es todavía más importante.


Argentina sigue enfrentando el problema de un tipo de cambio real apreciado. El índice de tipo de cambio real multilateral se ubicaba en torno de 85,5 puntos al 8 de octubre, con una caída cercana al 9,3% desde comienzos de 2026. Es una señal de apreciación real, aunque por sí sola no determina cuál debería ser el valor de equilibrio del dólar.


El problema no es simplemente que el dólar esté barato o caro en términos nominales. El problema es cuánto cuesta producir, contratar, transportar, exportar e invertir en Argentina en comparación con nuestros competidores.


Cuando los costos internos aumentan en dólares sin mejoras equivalentes de productividad, las empresas pierden márgenes, competitividad y capacidad de expansión.


Y eso no se arregla con una bazuca.


Se arregla con inversión, infraestructura, productividad, financiamiento, menor presión tributaria distorsiva y reglas previsibles.


Además, persisten restricciones cambiarias para las empresas, especialmente sobre obligaciones y dividendos de ejercicios anteriores, aunque el BCRA haya flexibilizado el acceso para operaciones más recientes. El propio Banco Central reconoció la necesidad de mecanismos específicos para atender esos compromisos pendientes.


Hay una contradicción que merece discutirse: ¿cómo se pretende convencer al mundo de que Argentina ofrece plena libertad económica cuando todavía existen empresas que no pueden disponer libremente de determinadas utilidades acumuladas?


El capital extranjero no evalúa solamente la rentabilidad potencial de un proyecto. También quiere saber si podrá recuperar su inversión, girar dividendos y operar sin restricciones extraordinarias.


El RIGI puede ofrecer incentivos importantes a determinados sectores. Pero una economía no puede depender exclusivamente de regímenes especiales para compensar problemas que deberían resolverse mediante reglas generales.

El riesgo de convertir cada declaración en una prueba de confianza


Los mercados financieros tienen una particularidad: reaccionan tanto a los números como a la credibilidad de quienes los presentan.


Un ministro puede anunciar una línea de financiamiento. Un Presidente puede explicar que cuenta con herramientas para enfrentar turbulencias. Eso es razonable.


Lo que resulta discutible es transformar permanentemente la fortaleza financiera del país en una competencia de cifras cada vez mayores.


Porque el mercado empieza a hacerse preguntas.


Si antes alcanzaban USD 30.000 millones, después se necesitaban USD 65.000 millones, más tarde aparecían USD 75.000 millones y ahora se anuncian USD 125.000 millones, ¿qué cambió exactamente?


¿Aumentó de manera verificable la capacidad financiera del país? ¿Se incorporaron nuevos acuerdos? ¿O simplemente se está utilizando una definición cada vez más amplia de los recursos potenciales?


La diferencia no es menor.


La primera posibilidad fortalecería la posición argentina. La segunda podría terminar erosionando la credibilidad de las propias declaraciones.


Y cuando un Gobierno necesita explicar una y otra vez que está preparado para enfrentar una corrida, la discusión deja de ser exclusivamente financiera.


Pasa a ser una discusión sobre confianza.


El Gobierno sostiene que la disciplina fiscal, la estabilización monetaria y la acumulación de reservas constituyen los pilares del programa. Son argumentos que merecen ser considerados. El REM de septiembre, por ejemplo, todavía proyectaba superávit comercial y primario para 2026.


Pero esos avances no eliminan automáticamente los riesgos asociados a la apreciación cambiaria, los compromisos externos, la actividad económica o las restricciones pendientes.


Un programa económico debe poder sostenerse cuando el contexto internacional deja de ayudar, cuando se acercan vencimientos importantes y cuando las expectativas cambian.


No solamente cuando los mercados están tranquilo


 La verdadera bazuca se llama credibilidad


Hay algo que debería preocupar mucho más que el tamaño anunciado de cualquier respaldo financiero: la posibilidad de que el mercado deje de confiar en las explicaciones oficiales.


Porque ninguna cifra, por extraordinaria que parezca, garantiza por sí sola la estabilidad cambiaria.


La historia argentina está llena de episodios en los que los funcionarios aseguraban tener todo bajo control hasta que la realidad obligaba a modificar el rumbo.


Eso no significa que estemos necesariamente frente a una nueva crisis, ni que una corrida bancaria o cambiaria sea inevitable. Afirmarlo sería tan irresponsable como garantizar que jamás podría ocurrir.


Significa que las vulnerabilidades deben reconocerse antes de que se conviertan en problemas mayores.


Argentina tiene recursos extraordinarios. Petróleo, gas y minería pueden transformar su capacidad exportadora durante los próximos años. Pero esas oportunidades no justifican ignorar lo que sucede con el resto de la economía mientras las inversiones maduran.


Tampoco permiten reemplazar un programa consistente por anuncios de financiamiento cada vez más espectaculares.


La estabilidad duradera no puede depender de que el Presidente anuncie una nueva cantidad de dólares cada vez que aparecen dudas.


Tiene que descansar en reservas genuinas, acceso sostenible al crédito, competitividad, crecimiento, confianza y reglas que puedan mantenerse sin medidas extraordinarias.


Y acá aparece la paradoja central.


Un Gobierno que pretende demostrar fortaleza anunciando que tiene USD 125.000 millones para enfrentar una corrida podría terminar obligando al mercado a preguntarse por qué está tan preocupado por una corrida.


Ése es el peligro de convertir la comunicación económica en una sucesión de demostraciones de poder financiero.


La confianza es un activo difícil de construir y extraordinariamente fácil de perder.


No se compra con declaraciones. No se fabrica sumando instrumentos financieros de distinta naturaleza. Y mucho menos se recupera aumentando el tamaño de una bazuca imaginaria cada vez que aparecen cuestionamientos.


La confianza se gana cuando los números son claros, las reglas se cumplen y las explicaciones resisten el análisis.


Primero eran millones en un celular. Después apareció una bazuca. Ahora son USD 125.000 millones.


Quizás haya llegado el momento de dejar de anunciar cuánto poder de fuego tiene el Gobierno y empezar a explicar, con precisión, de qué está compuesto.


Porque los mercados no necesitan un Presidente que les cuente cuántos dólares podría llegar a conseguir.


Necesitan saber cuántos tiene, cuántos debe y cuántos puede utilizar.


Y si para convencer al mercado de que no habrá una corrida hay que anunciar una bazuca cada vez más grande, tal vez el problema ya no sea la cantidad de dólares.


Tal vez el problema sea que cada vez cuesta más creer en quien los anuncia.

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