octubre 13, 2026

De los dólares en el celular a los USD 125.000 millones: cuando la credibilidad se convierte en el verdadero problema

Primero fueron los dólares que supuestamente estaban disponibles en un celular. Después apareció la famosa bazuca. Más tarde llegaron los anuncios de respaldos financieros cada vez más importantes. La semana pasada se hablaba de USD 70.000 o 75.000 millones. Ahora el presidente Javier Milei asegura contar con USD 125.000 millones para enfrentar una eventual corrida cambiaria durante 2027.


La pregunta es inevitable: ¿de dónde salieron los otros USD 50.000 millones en cuestión de días?


Porque una cosa es anunciar líneas de financiamiento, otra muy distinta es disponer efectivamente de esos recursos y otra, todavía más importante, es poder utilizarlos libremente para intervenir en el mercado cambiario.


En economía, las palabras importan. Pero cuando se habla de reservas, liquidez y capacidad de intervención, importan mucho más los balances.


No alcanza con decir que se tiene una bazuca. Hay que explicar cuántas municiones contiene, cuáles están disponibles, cuáles son prestadas, cuáles deben devolverse y cuáles existen solamente bajo determinados supuestos.


La credibilidad de un programa económico no se construye multiplicando cifras en declaraciones televisivas. Se construye demostrando que los compromisos pueden cumplirse sin necesidad de recurrir permanentemente a anuncios extraordinarios.


Y acá aparece una contradicción difícil de ignorar: si el programa económico es tan sólido, si el equilibrio cambiario es tan consistente y si las expectativas están tan bien ancladas, ¿por qué el propio Presidente necesita hablar reiteradamente de los miles de millones de dólares con los que enfrentaría una corrida?


Un Presidente puede intentar transmitir tranquilidad. Pero cuando convierte la posibilidad de una corrida en un tema recurrente de sus declaraciones, también puede conseguir exactamente el efecto contrario: instalar entre los inversores una preocupación que pretendía disipar.


La confianza no aumenta necesariamente porque un Presidente anuncie que tiene cada vez más dólares. A veces, cuanto más necesita repetirlo, más preguntas aparecen.


El problema no es solamente cuántos dólares hay. Es cuántos dólares son realmente utilizables.


La cifra de USD 125.000 millones merece un análisis mucho más serio que el de una declaración presidencial. Según el desglose difundido, el Gobierno incluye compras de divisas, líneas de swap, operaciones de futuros, ingresos comerciales esperados y financiamiento proyectado. No son conceptos equivalentes.


Un swap no es lo mismo que una reserva propia. Una línea de crédito no es dinero disponible sin condiciones. Una operación de futuros puede ofrecer cobertura cambiaria, pero no necesariamente entregar dólares físicos. Y las exportaciones futuras son ingresos que todavía deben materializarse y que, además, pertenecen inicialmente a quienes producen y exportan.


Por eso, sumar todos esos conceptos y presentarlos como si fueran una única disponibilidad inmediata de divisas puede generar una impresión equivocada de la verdadera capacidad de intervención.


El dato es suficientemente ilustrativo: al 7 de octubre, las reservas internacionales brutas del Banco Central rondaban los USD 49.133 millones. Eso no significa que fueran íntegramente propias ni de libre disponibilidad. Mucho menos que existieran USD 125.000 millones líquidos esperando ser utilizados.


No se trata de negar que los acuerdos financieros puedan servir. Pueden ser herramientas importantes para administrar situaciones de estrés. Tampoco corresponde desconocer las compras de divisas realizadas por el Banco Central durante 2026.


Lo que corresponde es exigir transparencia.


¿Cuántos dólares son propios? ¿Cuántos prestados? ¿Cuántos dependen de autorizaciones externas? ¿Cuántos ya están contabilizados dentro de las reservas brutas? ¿Cuántos podrían utilizarse efectivamente mañana si el mercado decidiera poner a prueba el esquema?


Hasta que esas preguntas tengan respuestas precisas, hablar de USD 125.000 millones como si fueran una caja disponible es, como mínimo, una presentación que exige demasiadas aclaraciones.


Un peso apreciado y una economía que necesita competitividad


Pero la discusión de fondo es todavía más importante.


Argentina sigue enfrentando el problema de un tipo de cambio real apreciado. El índice de tipo de cambio real multilateral se ubicaba en torno de 85,5 puntos al 8 de octubre, con una caída cercana al 9,3% desde comienzos de 2026. Es una señal de apreciación real, aunque por sí sola no determina cuál debería ser el valor de equilibrio del dólar.


El problema no es simplemente que el dólar esté barato o caro en términos nominales. El problema es cuánto cuesta producir, contratar, transportar, exportar e invertir en Argentina en comparación con nuestros competidores.


Cuando los costos internos aumentan en dólares sin mejoras equivalentes de productividad, las empresas pierden márgenes, competitividad y capacidad de expansión.


Y eso no se arregla con una bazuca.


Se arregla con inversión, infraestructura, productividad, financiamiento, menor presión tributaria distorsiva y reglas previsibles.


Además, persisten restricciones cambiarias para las empresas, especialmente sobre obligaciones y dividendos de ejercicios anteriores, aunque el BCRA haya flexibilizado el acceso para operaciones más recientes. El propio Banco Central reconoció la necesidad de mecanismos específicos para atender esos compromisos pendientes.


Hay una contradicción que merece discutirse: ¿cómo se pretende convencer al mundo de que Argentina ofrece plena libertad económica cuando todavía existen empresas que no pueden disponer libremente de determinadas utilidades acumuladas?


El capital extranjero no evalúa solamente la rentabilidad potencial de un proyecto. También quiere saber si podrá recuperar su inversión, girar dividendos y operar sin restricciones extraordinarias.


El RIGI puede ofrecer incentivos importantes a determinados sectores. Pero una economía no puede depender exclusivamente de regímenes especiales para compensar problemas que deberían resolverse mediante reglas generales.

El riesgo de convertir cada declaración en una prueba de confianza


Los mercados financieros tienen una particularidad: reaccionan tanto a los números como a la credibilidad de quienes los presentan.


Un ministro puede anunciar una línea de financiamiento. Un Presidente puede explicar que cuenta con herramientas para enfrentar turbulencias. Eso es razonable.


Lo que resulta discutible es transformar permanentemente la fortaleza financiera del país en una competencia de cifras cada vez mayores.


Porque el mercado empieza a hacerse preguntas.


Si antes alcanzaban USD 30.000 millones, después se necesitaban USD 65.000 millones, más tarde aparecían USD 75.000 millones y ahora se anuncian USD 125.000 millones, ¿qué cambió exactamente?


¿Aumentó de manera verificable la capacidad financiera del país? ¿Se incorporaron nuevos acuerdos? ¿O simplemente se está utilizando una definición cada vez más amplia de los recursos potenciales?


La diferencia no es menor.


La primera posibilidad fortalecería la posición argentina. La segunda podría terminar erosionando la credibilidad de las propias declaraciones.


Y cuando un Gobierno necesita explicar una y otra vez que está preparado para enfrentar una corrida, la discusión deja de ser exclusivamente financiera.


Pasa a ser una discusión sobre confianza.


El Gobierno sostiene que la disciplina fiscal, la estabilización monetaria y la acumulación de reservas constituyen los pilares del programa. Son argumentos que merecen ser considerados. El REM de septiembre, por ejemplo, todavía proyectaba superávit comercial y primario para 2026.


Pero esos avances no eliminan automáticamente los riesgos asociados a la apreciación cambiaria, los compromisos externos, la actividad económica o las restricciones pendientes.


Un programa económico debe poder sostenerse cuando el contexto internacional deja de ayudar, cuando se acercan vencimientos importantes y cuando las expectativas cambian.


No solamente cuando los mercados están tranquilo


 La verdadera bazuca se llama credibilidad


Hay algo que debería preocupar mucho más que el tamaño anunciado de cualquier respaldo financiero: la posibilidad de que el mercado deje de confiar en las explicaciones oficiales.


Porque ninguna cifra, por extraordinaria que parezca, garantiza por sí sola la estabilidad cambiaria.


La historia argentina está llena de episodios en los que los funcionarios aseguraban tener todo bajo control hasta que la realidad obligaba a modificar el rumbo.


Eso no significa que estemos necesariamente frente a una nueva crisis, ni que una corrida bancaria o cambiaria sea inevitable. Afirmarlo sería tan irresponsable como garantizar que jamás podría ocurrir.


Significa que las vulnerabilidades deben reconocerse antes de que se conviertan en problemas mayores.


Argentina tiene recursos extraordinarios. Petróleo, gas y minería pueden transformar su capacidad exportadora durante los próximos años. Pero esas oportunidades no justifican ignorar lo que sucede con el resto de la economía mientras las inversiones maduran.


Tampoco permiten reemplazar un programa consistente por anuncios de financiamiento cada vez más espectaculares.


La estabilidad duradera no puede depender de que el Presidente anuncie una nueva cantidad de dólares cada vez que aparecen dudas.


Tiene que descansar en reservas genuinas, acceso sostenible al crédito, competitividad, crecimiento, confianza y reglas que puedan mantenerse sin medidas extraordinarias.


Y acá aparece la paradoja central.


Un Gobierno que pretende demostrar fortaleza anunciando que tiene USD 125.000 millones para enfrentar una corrida podría terminar obligando al mercado a preguntarse por qué está tan preocupado por una corrida.


Ése es el peligro de convertir la comunicación económica en una sucesión de demostraciones de poder financiero.


La confianza es un activo difícil de construir y extraordinariamente fácil de perder.


No se compra con declaraciones. No se fabrica sumando instrumentos financieros de distinta naturaleza. Y mucho menos se recupera aumentando el tamaño de una bazuca imaginaria cada vez que aparecen cuestionamientos.


La confianza se gana cuando los números son claros, las reglas se cumplen y las explicaciones resisten el análisis.


Primero eran millones en un celular. Después apareció una bazuca. Ahora son USD 125.000 millones.


Quizás haya llegado el momento de dejar de anunciar cuánto poder de fuego tiene el Gobierno y empezar a explicar, con precisión, de qué está compuesto.


Porque los mercados no necesitan un Presidente que les cuente cuántos dólares podría llegar a conseguir.


Necesitan saber cuántos tiene, cuántos debe y cuántos puede utilizar.


Y si para convencer al mercado de que no habrá una corrida hay que anunciar una bazuca cada vez más grande, tal vez el problema ya no sea la cantidad de dólares.


Tal vez el problema sea que cada vez cuesta más creer en quien los anuncia.

octubre 07, 2026

El ancla funcionó. Ahora viene lo difícil: cómo salir de ella


Hay algo que a esta altura resulta bastante difícil discutir: el Gobierno de Javier Milei consiguió bajar fuertemente la inflación.

Negarlo sería absurdo.

Argentina venía de una inflación superior al 200% anual y hoy discute niveles mensuales que hace tres años hubieran parecido ciencia ficción.

Hubo orden fiscal. Hubo una política monetaria mucho más restrictiva. Hubo una fuerte contracción inicial. Y hubo también algo que Argentina conoce demasiado bien:

el tipo de cambio funcionando como ancla.

El mecanismo no es novedoso.

Lo utilizaron numerosos países para salir de procesos de inflación elevada. Y muchas veces funciona.

El problema nunca fue solamente bajar la inflación.

El verdadero problema aparece después.

¿Cómo se sale del ancla sin devolverle a los precios una parte de lo que se ganó?

Y sospecho que ésa será una de las grandes discusiones económicas de los próximos meses.

Primero reconozcamos el éxito

El Gobierno hizo algo que durante décadas parecía imposible: consiguió que el déficit fiscal dejara de ser el principal motor de emisión monetaria.

Simultáneamente aplicó una política monetaria restrictiva y utilizó al dólar como referencia fundamental para ordenar expectativas.

Los precios internos comenzaron a desacelerarse.

Pero ocurrió algo inevitable.

Aunque la inflación bajó muchísimo, los precios siguieron aumentando.

Y cuando los precios internos aumentan persistentemente más rápido que el dólar, sucede algo muy sencillo:

Argentina se encarece en dólares.

Al principio resulta agradable.

Los salarios medidos en dólares suben.

Viajar al exterior se vuelve relativamente barato.

Los bienes importados parecen accesibles.

Quien tiene ingresos en pesos siente que recuperó capacidad de compra internacional.

Pero hay otra cara.

Los costos de producir en Argentina también suben en dólares.

Y entonces aparece una pregunta que venimos haciendo desde hace bastante tiempo:

¿Argentina aumentó su productividad en la misma proporción en que aumentaron sus costos medidos en dólares?

Si la respuesta es no, tenemos un problema.

Ser caro no es necesariamente malo

Suiza es cara.

Noruega es cara.

Estados Unidos es caro.

El problema no es ser caro.

El problema es ser caro sin ser suficientemente productivo.

Una empresa puede pagar salarios elevados si produce muchísimo por trabajador.

Puede soportar impuestos altos si tiene infraestructura extraordinaria.

Puede convivir con costos elevados si tiene crédito barato, seguridad jurídica, logística eficiente, energía competitiva y acceso a mercados internacionales.

Pero cuando los costos en dólares aumentan mucho más rápido que la productividad, los márgenes empiezan a comprimirse.

Primero deja de invertirse.

Después se posterga una contratación.

Luego se reducen horas extras.

Después aparecen suspensiones.

Y finalmente algunas empresas cierran.

No ocurre de un día para el otro.

Por eso el atraso cambiario puede convivir durante bastante tiempo con una sensación de estabilidad.

Hasta que deja de hacerlo.

Los primeros síntomas ya están apareciendo

El segundo trimestre de 2026 mostró una caída del PBI desestacionalizado del 0,6% respecto del primero.

Eso todavía no constituye una recesión técnica.

Pero julio encendió una alarma mucho más fuerte.

El EMAE cayó 2,9% mensual desestacionalizado.

La industria manufacturera mostró en julio una caída interanual del 5%.

El desempleo alcanzó 7,9% durante el segundo trimestre.

Y las ventas reales en supermercados cayeron 2,1% interanual en julio y acumularon una baja del 2,7% durante los primeros siete meses del año.

Podemos discutir las causas.

Lo que no podemos hacer es ignorar los números.

La economía argentina perdió impulso.

Y si el tercer trimestre termina mostrando otra contracción del PBI desestacionalizado, entonces sí tendremos dos trimestres consecutivos de caída y podremos hablar formalmente de recesión técnica.

Pero para un inversor esperar la confirmación estadística suele ser llegar tarde.

El mercado intenta anticipar.

Y acá aparece la encerrona

Supongamos que efectivamente existe un atraso cambiario importante.

¿Qué hace el Gobierno?

Si permite una corrección fuerte del dólar, una parte probablemente termine trasladándose a precios.

El famoso pass-through.

Entonces podría deteriorarse uno de los principales activos políticos y económicos del Gobierno: la desinflación.

Pero si intenta impedir indefinidamente esa corrección, tiene otro problema.

La economía continúa encareciéndose en dólares mientras los sectores que compiten con importaciones o exportan productos con márgenes pequeños pierden competitividad.

Ese es el dilema.

Corregir tiene costos. No corregir también.

Y cuanto más tiempo pasa, más importante se vuelve determinar cuál de esos dos costos es mayor.

Las tres magníficas no alcanzan

Argentina tiene tres sectores que pueden cambiar estructuralmente nuestra economía.

Petróleo.

Gas.

Minería.

Son las tres magníficas.

Vaca Muerta está transformando la balanza energética.

La minería puede aportar durante los próximos años inversiones y exportaciones por miles de millones de dólares.

El gas puede convertir a Argentina en un proveedor energético internacional mucho más relevante.

Todo eso es extraordinariamente positivo.

Y además puede producir algo fundamental para estabilizar la economía argentina:

dólares genuinos.

No dólares prestados.

No dólares del FMI.

No dólares provenientes de endeudamiento financiero de corto plazo.

Dólares provenientes de exportaciones.

El problema es el tiempo.

Una mina no empieza a producir mañana.

Una planta de GNL no se construye en seis meses.

Un gasoducto requiere inversión, infraestructura y años.

Mientras esperamos que esa nueva Argentina exportadora madure, existe otra Argentina que tiene que sobrevivir.

La industria.

El comercio.

Las PyMEs.

La construcción.

Los servicios.

Y millones de trabajadores que no viven directamente de Vaca Muerta, del litio o del cobre.

Ahí aparece otro problema: la recaudación

Cuando la actividad pierde fuerza, la recaudación también empieza a sentirlo.

El IVA real cayó alrededor del 6% interanual en agosto y acumuló diez meses consecutivos de retroceso.

Las contribuciones a la seguridad social también mostraron debilidad, en un contexto de masa salarial y empleo registrado que vienen perdiendo fuerza.

Y esto abre una discusión extremadamente importante.

El Gobierno consiguió equilibrio fiscal mediante un ajuste enorme del gasto.

Pero una economía no puede sostener indefinidamente el equilibrio solamente reduciendo gastos.

En algún momento necesita que crezca la base sobre la cual recauda.

Más actividad.

Más empleo formal.

Más empresas.

Más inversión.

Más consumo.

Porque si la actividad cae y la recaudación cae, mantener el mismo resultado fiscal obliga a encontrar nuevos ingresos o realizar nuevos recortes.

Y si esos recortes vuelven a afectar la actividad, puede generarse un círculo peligroso:

menos actividad → menos recaudación → más ajuste → todavía menos actividad.

Ése es uno de los riesgos que tenemos que observar.

El dólar puede quedarse quieto mucho tiempo

Una de las respuestas que recibo habitualmente cuando hablo de atraso cambiario es:

“Si el dólar estuviera atrasado, ya habría subido”.

No necesariamente.

Los mercados pueden permanecer desequilibrados durante bastante tiempo.

Especialmente cuando existen tasas elevadas, regulaciones, intervención, expectativas favorables o ingresos extraordinarios de divisas.

La pregunta nunca es simplemente cuánto vale hoy el dólar.

La pregunta es:

¿ese precio es sostenible con las condiciones que existen hoy?

Y todavía más importante:

¿seguiría siendo sostenible si esas condiciones cambiaran?

Ésa es la diferencia entre precio y equilibrio.

Tampoco significa que mañana haya una devaluación

Quiero ser muy claro en esto.

Decir que existe apreciación cambiaria no significa afirmar que mañana el dólar va a explotar.

Puede ocurrir algo completamente diferente.

El tipo de cambio nominal puede subir lentamente mientras la inflación continúa bajando y, de esa manera, parte de la apreciación real puede corregirse gradualmente.

También puede suceder que las exportaciones energéticas y mineras aumenten tanto que generen una nueva oferta estructural de dólares y modifiquen el tipo de cambio real de equilibrio.

O Argentina puede conseguir inversiones que eleven sustancialmente la productividad.

Esas serían las mejores salidas.

Por eso no estoy pronosticando una devaluación.

Estoy planteando un problema económico.

Y son cosas muy diferentes.

La historia de las anclas

Argentina conoce perfectamente las estabilizaciones cambiarias.

También las conoce Israel.

México.

Brasil.

Chile.

Uruguay.

En distintos momentos, distintos países utilizaron al tipo de cambio como herramienta para quebrar procesos inflacionarios.

Muchas veces funcionó.

El error consiste en creer que porque funcionó para bajar la inflación necesariamente resolvió todos los problemas que existían detrás de ella.

El ancla compra tiempo.

Ordena expectativas.

Facilita contratos.

Permite reconstruir precios relativos.

Pero ese tiempo tiene que utilizarse para hacer algo más difícil:

aumentar productividad.

Reducir impuestos distorsivos.

Mejorar infraestructura.

Facilitar inversiones.

Abaratar el crédito.

Eliminar burocracia.

Aumentar exportaciones.

Generar empleo formal.

Porque si durante el período de estabilidad solamente conseguimos que nuestros precios aumenten en dólares, tarde o temprano aparece la discusión sobre competitividad.

El verdadero examen empieza ahora

El Gobierno ya rindió el primer examen.

Bajar la inflación.

Y hasta ahora lo aprobó.

El segundo es bastante más difícil:

conseguir que Argentina crezca con estabilidad.

Porque una economía no puede vivir eternamente de ajustar.

Tampoco puede vivir eternamente de un dólar utilizado como ancla.

Y mucho menos puede esperar que petróleo, gas y minería compensen inmediatamente las dificultades del resto del aparato productivo.

La estabilización era necesaria.

Ahora falta la transformación.

¿Cómo salir?

La mejor salida no sería una megadevaluación.

Sería exactamente lo contrario.

Que la inflación continúe descendiendo.

Que el dólar pueda moverse sin provocar una estampida de precios.

Que las exportaciones aumenten.

Que ingresen inversiones.

Que crezcan las reservas.

Que mejore la productividad.

Que baje el riesgo país.

Que aparezca crédito.

Y que el crecimiento permita sostener el equilibrio fiscal sin necesitar permanentemente nuevos recortes.

Ésa sería una salida virtuosa.

¿Puede ocurrir?

Sí.

¿Está garantizada?

Absolutamente no.

Porque mientras esperamos esa transición, la economía real está enviando señales que conviene no ignorar.

Segundo trimestre: -0,6%.

Julio: -2,9%.

Industria: -5% interanual.

Desempleo: 7,9%.

Supermercados: -2,1% interanual.

No es una profecía.

Es el tablero.

La pregunta que viene

Durante los primeros años de Milei la discusión fue:

¿puede bajar la inflación?

La respuesta hasta ahora es sí.

Ahora comienza una discusión mucho más interesante:

¿puede mantenerla baja mientras recupera actividad y evita que la apreciación cambiaria termine dañando al aparato productivo?

Ése es el verdadero desafío.

Porque utilizar el dólar para bajar la inflación puede ser relativamente sencillo.

Lo verdaderamente difícil es dejar de necesitarlo.

Y ése es el momento que empieza a acercarse.

El ancla funcionó.

Ahora viene lo difícil:

cómo levantarla sin que el barco vuelva a quedar a la deriva.

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