enero 05, 2026

Inflación, salarios y un equilibrio frágil: el límite del plan económico

Uno de los principales logros que el Gobierno exhibe desde el inicio de su gestión es la desaceleración de la inflación. Tras partir de niveles mensuales extraordinarios a fines de 2023, el IPC mostró una tendencia descendente durante buena parte de 2024 y comienzos de 2025. Sin embargo, detrás de esa dinámica aparecen señales que obligan a mirar el fenómeno con mayor cautela, tanto por la forma en que se mide como por la consistencia del esquema macroeconómico que lo sostiene.

El primer punto crítico es estadístico. El índice de precios al consumidor continúa utilizando ponderaciones de gasto que no reflejan adecuadamente la estructura actual de consumo de los hogares. Servicios esenciales como electricidad, gas, medicamentos y otros gastos rígidos tienen un peso relativamente bajo en el IPC oficial, pese a haber aumentado muy por encima del promedio general en los últimos años. Esto genera dos distorsiones relevantes: por un lado, la inflación medida tiende a subestimar el impacto real del aumento del costo de vida; por otro, el poder adquisitivo de los salarios aparece sobrestimado en las estadísticas oficiales.

Esta cuestión no es menor. Existen ponderaciones alternativas más actualizadas que reflejan mejor el patrón real de gasto de las familias, pero que aún no se aplican en la medición oficial. Cuando se utiliza esa estructura de consumo más realista, la conclusión es clara: la pérdida de poder de compra de los ingresos es sensiblemente mayor a la que muestran los datos difundidos, con implicancias directas sobre consumo, pobreza y bienestar.

El segundo eje a considerar es monetario. La desaceleración inflacionaria no fue lineal. Durante 2025 se observó un punto de inflexión: tras tocar un piso, la inflación dejó de bajar y volvió a acelerarse. Esto coincidió con un período de fuerte expansión del crédito y de los agregados monetarios en términos reales, especialmente entre mediados de 2024 y mediados de 2025. Más pesos y más crédito, en un contexto de expectativas frágiles, terminaron reactivando las presiones inflacionarias.

Recién en los últimos meses se produjo un giro: contracción monetaria real, menor impulso crediticio y un mayor control sobre la cantidad de dinero. En paralelo, el tipo de cambio se mantuvo relativamente estable. Bajo estas condiciones, comenzaron a aparecer señales incipientes de desaceleración en precios mayoristas y costos de construcción, que históricamente anteceden a una moderación del IPC minorista.

Sin embargo, este sendero está lejos de ser automático o sostenible. Para que la inflación vuelva a bajar se requiere que confluyan simultáneamente varias condiciones difíciles de sostener en el tiempo: estabilidad cambiaria, disciplina monetaria estricta y una demanda de dinero que no se deteriore. En un país con una larga historia de desconfianza hacia la moneda local, apostar a que los pesos se transformen en un activo de ahorro duradero es, como mínimo, arriesgado.

A esto se suma el frente laboral. Los datos más recientes muestran una caída persistente del empleo privado registrado, muy superior a la reducción observada en el sector público. También se destruyeron puestos en el empleo formal de casas particulares. Esta dinámica erosiona la capacidad de recuperación del consumo y limita la posibilidad de que una mejora macroeconómica se traduzca rápidamente en mayor actividad.

El resultado es un esquema que logra resultados positivos solo bajo un conjunto muy específico de condiciones, difíciles de mantener de forma permanente. Mientras el dólar esté contenido, la liquidez restringida y la demanda de dinero no colapse, la inflación puede moderarse. Pero cuando alguna de estas variables se desalinean —algo recurrente en la historia argentina— las tensiones reaparecen con rapidez.

En definitiva, el problema no es solo la inflación actual, sino la fragilidad del mecanismo que permite bajarla. Sin crecimiento sostenido, sin recomposición del empleo privado y sin un ancla de confianza duradera en la moneda, los avances logrados corren el riesgo de ser transitorios. La economía argentina vuelve a enfrentar el desafío de siempre: transformar un alivio coyuntural en un equilibrio estable, algo que hasta ahora sigue pendiente.

diciembre 16, 2025

Una cadena de pagos al borde del colapso: la advertencia récord de la industria

La última encuesta de la Unión Industrial Argentina (UIA) deja un dato alarmante: casi la mitad de las empresas manufactureras hoy no puede cubrir obligaciones básicas como salarios, proveedores o impuestos. AriesOnLine+2diarioneuquino.com.ar+2
Al mismo tiempo, los cheques rechazados aumentaron entre 30 % y 40 % en el trimestre reciente. diarioneuquino.com.ar+2Los Andes+2

Si se analiza con atención, lo que está fallando no es un sector aislado: es la estructura misma del circuito productivo nacional. Cuando se quiebra la cadena de pagos, se paraliza la producción, se endurece la morosidad, se retrasa el salario y se hunde la confianza.

🔎 Los síntomas de una crisis sistémica

Este escenario deteriora el mercado interno, empuja a muchas empresas al abismo y multiplica la fragilidad. Se produce un círculo vicioso: caída de ventas → falta de liquidez → cheques rechazados → menor producción → más despidos o cierre.

📉 Medidas contra la cadena productiva: un camino hacia el estancamiento

La política económica actual prioriza la estabilidad nominal: inflación baja, deuda financiera, ancla cambiaria, ajuste. Pero lo hace sacrificando masa salarial real, demanda interna, crédito productivo y capital de trabajo. El resultado: una industria asfixiada, pymes quebrando o sobreviviendo al límite, empleados en riesgo, y menor recaudación.

Sostener un dólar bajo, tasas altas y control de precios no genera producción: genera importación, dependencia y desempleo. Con ese esquema, quien resiste no es la industria: resiste el endeudamiento, la especulación financiera y la fragilidad de los balances.

⚠️ Qué puede venir si no hay reacción urgente

Si no se arbitran medidas urgentes, el escenario para 2026 se complica:

  • Más empresas quebradas —no por mala gestión, sino por falta de liquidez estructural.

  • Caída sostenida del empleo formal, con impacto social.

  • Mayor informalidad, desempleo y precariedad.

  • Pérdida de base industrial, con menor capacidad productiva y menos exportaciones.

  • Cierre de un círculo vital: menos producción → menos recaudación → peor estructura fiscal → menor inversión pública/privada.

✅ Qué debería hacerse — y ya

  1. Restablecer liquidez genuina para empresas: acceso a crédito productivo, plazos razonables, alivio fiscal transitorio.

  2. Reestructurar la cadena de pagos —no solo a grandes actores, sino a pymes: reducir plazos, garantizar pago de sueldos, suspender embargos masivos.

  3. Permitir un ajuste razonable del tipo de cambio real para proteger la industria nacional, incentivando producción y sustitución de importaciones.

  4. Compensar el ajuste con políticas de estímulo al consumo interno, de modo de sostener demanda y amortiguar el impacto social.

  5. Política económica coherente: combinar disciplina fiscal con incentivos reales a la producción, de forma sostenible y con horizonte.


Si el Gobierno y los actores relevantes no reaccionan con urgencia, la pandemia financiera silenciosa en la industria terminará por romper la estructura productiva nacional. Y cuando eso sucede, no hay “rescate cambiario” ni “líneas de crédito” que alcancen a rearmar lo que se destruyó.

Argentina se enfrenta a una disyuntiva decisiva: o se atienden las grietas de la cadena de pagos, o se acepta una reconfiguración de su matriz productiva en la que la industria ya no existe.

Porque la estabilidad nominal —sin producción, sin empleo e inversión real— es apenas un espejismo contable. 

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