julio 29, 2026

Inflación reprimida: el costo oculto del dólar barato y la deuda creciente

El relato oficial insiste en que la inflación está derrotada. Pero debajo de esa superficie todavía sobreviven varios desequilibrios que el mercado mira con creciente atención. Porque aunque el Gobierno logró desacelerar los precios respecto del caos heredado, el esquema actual sigue dependiendo de herramientas que, en esencia, son profundamente inflacionarias hacia adelante.

La primera es la deuda. El Tesoro y el Banco Central continúan absorbiendo pesos ofreciendo tasas reales muy elevadas. Eso evita que parte de esos pesos se vuelquen al dólar, pero tiene un costo enorme: se acumulan compromisos financieros cada vez más pesados. Y cuando el Estado paga intereses crecientes para sostener la demanda de pesos, está generando emisión monetaria futura. Cambia el nombre del instrumento, cambia el momento del impacto, pero la presión monetaria sigue existiendo.

La segunda es el dólar artificialmente contenido. El tipo de cambio corre muy por detrás de muchos precios de la economía y de la inflación acumulada. Eso ayuda a moderar el IPC en el corto plazo, pero también genera atraso cambiario, pérdida de competitividad y una sensación de estabilidad que depende más de la intervención financiera y de las tasas que de un equilibrio genuino.

A eso se suma una contradicción difícil de ocultar: mientras se habla de libertad económica y normalización, el cepo para las empresas sigue vigente. Muchas compañías todavía tienen restricciones para acceder libremente al mercado cambiario, girar utilidades o planificar inversiones con previsibilidad. Es decir: el corazón del control cambiario continúa intacto.

Por eso, pensar que la inflación puede ir naturalmente hacia cero bajo este esquema parece, como mínimo, optimista. Lo que hoy existe es una inflación parcialmente reprimida. Tarifas atrasadas, dólar contenido, consumo debilitado y pesos atrapados por tasas altísimas. Pero la historia económica argentina muestra que las distorsiones no desaparecen: se acumulan.

La gran pregunta no es si el modelo logra mostrar algunos meses de inflación baja. La verdadera pregunta es cuánto cuesta sostener artificialmente ese equilibrio y quién termina pagando la factura cuando las tensiones reprimidas finalmente salen a la superficie.

mayo 13, 2026

"Dólar planchado, salarios en caída y una bomba silenciosa: la clase media al límite"

Hay algo que no cierra, aunque a primera vista parezca que sí.

El dólar baja, o al menos se mantiene contenido, y entonces aparece el relato optimista: los salarios en dólares mejoran, la economía se "ordena", la nominalidad cede. Pero esa foto es engañosa. Porque mientras el tipo de cambio se plancha, los precios en pesos siguen corriendo, y el resultado es una paradoja cada vez más evidente: los ingresos suben en apariencia, pero pierden poder adquisitivo real. Pierden contra la inflación en pesos… y también, cada vez más, contra el costo de vida medido en dólares.

Es un modelo que genera una sensación de alivio en el corto plazo, pero que erosiona silenciosamente la capacidad de consumo. No hay magia: si el dólar se atrasa y los precios internos no dejan de subir, lo que se encarece es la Argentina misma.

El problema de fondo es que este esquema no se sostiene solo con anclas cambiarias. Requiere un ajuste profundo y continuo. Y ese ajuste tiene nombres concretos: jubilados, obra pública paralizada, salarios públicos deteriorados, universidades desfinanciadas, sectores vulnerables recortados. Es un ordenamiento fiscal que se apoya en la licuación y en la poda selectiva, más que en un crecimiento genuino.

En ese contexto, el silencio de la mayoría de los economistas no es casual. Salvo voces como la de Ricardo Arriazu, que todavía sostienen la viabilidad del rumbo, el resto evita validar un esquema que, en el mejor de los casos, luce frágil, y en el peor, directamente insostenible en el tiempo.

¿Por qué entonces no estalla todo? Porque hay un factor que hoy actúa como contención: millones de personas dependen de transferencias del Estado. Ya no existe aquella dinámica donde intermediarios movilizaban el conflicto social de forma coordinada. Hoy la asistencia llega de manera más directa, más fragmentada, y eso desactiva al menos parcialmente la capacidad de generar un estallido organizado.

Pero eso no significa estabilidad. Significa otra cosa: una paz social precaria.

El verdadero interrogante está en otro lado. No en los sectores más vulnerables, que hoy están contenidos, sino en la clase media. Esa que no recibe ayuda directa, que ve cómo sus ingresos pierden valor, que siente que cada mes le cuesta más sostener su nivel de vida. Esa clase media que históricamente fue el termómetro político de la Argentina.

Si esta dinámica se prolonga? Dólar atrasado, inflación persistente, ajuste selectivo, el riesgo no es un estallido clásico. Es algo más difícil de prever: una reacción silenciosa que, cuando aparece, cambia todo.

Porque la estabilidad no se mide solo por la ausencia de conflicto visible, sino por la consistencia del equilibrio que la sostiene. Y hoy, ese equilibrio, está cada vez más exigido.

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