septiembre 08, 2026

LA TABLITA 2.0: LA PELIGROSA APUESTA DE AGUANTAR HASTA QUE LLEGUEN LOS DÓLARES

 Argentina ya hizo este experimento.


No exactamente de la misma manera, no bajo las mismas condiciones y, afortunadamente, tampoco con los mismos desequilibrios fiscales.


Pero lo hizo.


A fines de los años 70, José Alfredo Martínez de Hoz decidió que una de las herramientas para derrotar la inflación sería utilizar el tipo de cambio como ancla.


Nació la famosa “tablita cambiaria”.


El Gobierno anunciaba de antemano cuánto iba a subir el dólar. La teoría era sencilla: si todos conocían la evolución futura del tipo de cambio, las expectativas inflacionarias terminarían acomodándose.


El problema fue que ocurrió exactamente lo contrario.


Los precios continuaron aumentando más rápido que el dólar.


Y cuando eso sucede durante suficiente tiempo aparece algo que los argentinos conocemos perfectamente:


atraso cambiario.


Argentina comenzó a encarecerse en dólares.


Importar se volvió cada vez más atractivo. Viajar al exterior parecía barato. Los productos argentinos comenzaron a perder competitividad.


Mientras tanto, las altas tasas de interés generaron otro fenómeno que también conocemos demasiado bien.


La bicicleta financiera.


Entraban dólares, se cambiaban por pesos, se colocaban a tasas extraordinarias y luego se recompraban dólares.


Durante un tiempo parecía maravilloso.


Era la Argentina de la “plata dulce”.


Hasta que dejó de serlo.


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CASI CINCUENTA AÑOS DESPUÉS


Cambian los nombres.


Cambian los instrumentos.


Cambian las circunstancias.


Pero algunos mecanismos económicos empiezan a resultar inquietantemente familiares.


Hoy no tenemos una tablita cambiaria.


Tenemos bandas.


Pero nuevamente el tipo de cambio cumple un papel central dentro del programa de estabilización.


Nuevamente tenemos una Argentina que se encarece en dólares.


Nuevamente tenemos tasas utilizadas para restringir pesos y contener presiones cambiarias.


Nuevamente aparece el carry trade.


Nuevamente importar comienza a resultar atractivo frente a producir determinados bienes localmente.


Y nuevamente observamos una economía donde el sector financiero puede mostrar números extraordinarios mientras buena parte de la economía real cuenta otra historia.


La inflación baja.


Perfecto.


Pero los salarios no necesariamente recuperan poder adquisitivo al mismo ritmo.


Las paritarias intentan alinearse con una inflación futura mientras las familias pagan precios construidos con inflación pasada.


El crédito que inicialmente parecía barato terminó transformándose en una mochila para millones de personas cuando las tasas cambiaron.


La mora crece.


El consumo siente el impacto.


Las empresas que dependen del mercado interno empiezan a mirar sus balances con preocupación.


Y entonces aparece nuevamente aquella vieja pregunta argentina:


¿Estamos estabilizando la economía o simplemente estamos comprando tiempo?


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PERO ESTA VEZ HAY UNA DIFERENCIA ENORME


Sería intelectualmente deshonesto afirmar que estamos exactamente frente al programa de Martínez de Hoz.


No lo estamos.


Hay diferencias fundamentales.


La primera es fiscal.


Este Gobierno consiguió algo que Martínez de Hoz nunca consiguió: equilibrar las cuentas públicas.


Eso cambia muchísimo.


Pero existe una segunda diferencia todavía más importante.


Argentina hoy está sentada sobre una montaña de dólares potenciales que en 1980 no existía.


Vaca Muerta.


Petróleo.


Gas.


GNL.


Litio.


Cobre.


Oro.


Uranio.


Y, por supuesto, uno de los complejos agroexportadores más importantes del mundo.


A eso hay que agregarle el RIGI y ahora el Súper RIGI.


El Gobierno está ofreciendo condiciones extraordinariamente favorables para que grandes capitales inviertan en Argentina.


El Súper RIGI profundiza incluso esos incentivos: menor impuesto a las Ganancias, amortizaciones aceleradas, eliminación de derechos de exportación y beneficios para importar bienes necesarios para poner en marcha los proyectos.


La apuesta es gigantesca.


Y probablemente sea ésta:


aguantar.


Aguantar hasta que entren los dólares.


Aguantar hasta que Vaca Muerta exporte mucho más.


Aguantar hasta que aparezca el cobre.


Aguantar hasta que maduren las inversiones mineras.


Aguantar hasta que los proyectos del RIGI comiencen a generar exportaciones.


Aguantar hasta que Argentina consiga estructuralmente los dólares que durante décadas nunca consiguió generar.


Y quizás funcione.


Sería absurdo negarlo.


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EL PROBLEMA ES QUÉ PASA MIENTRAS TANTO


Porque las economías no viven de dólares que llegarán dentro de cinco años.


Las familias viven hoy.


Las pymes pagan salarios hoy.


Los comercios pagan alquileres hoy.


Los jubilados comen hoy.


Las empresas necesitan crédito hoy.


Y ahí aparece la parte más peligrosa del experimento.


¿Cuánto puede aguantar la economía real esperando los dólares del futuro?


Porque mantener un dólar relativamente barato tiene consecuencias.


Mantener tasas suficientemente atractivas también.


Abrir importaciones tiene consecuencias.


Comprimir salarios públicos y jubilaciones tiene consecuencias.


Frenar obra pública tiene consecuencias.


Y pretender que los salarios converjan rápidamente hacia una inflación futura mientras el costo de vida todavía acumula aumentos tiene consecuencias.


Todo puede ser justificable dentro de una hoja de Excel.


Pero las economías no están habitadas por celdas de Excel.


Están habitadas por personas.


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MARTÍNEZ DE HOZ TAMBIÉN CREÍA QUE EL TIEMPO JUGABA A SU FAVOR


Durante un período pareció tener razón.


Entraban capitales.


El dólar parecía controlado.


Importar era barato.


Viajar era barato.


Los rendimientos financieros eran extraordinarios.


Hasta que el mercado empezó a preguntarse cuánto tiempo podía durar.


Y entonces ocurrió algo que sucede una y otra vez en economía:


cuando demasiada gente empieza simultáneamente a preguntarse dónde está la puerta de salida, la puerta se vuelve demasiado chica.


Los capitales cambiaron de dirección.


Las reservas comenzaron a caer.


La tablita terminó.


Y llegó la corrección cambiaria.


Después vino la recesión.


Y aquella sensación de prosperidad terminó convertida en una de las crisis económicas más recordadas de nuestra historia.


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NO ESTOY DICIENDO QUE ESTO TERMINE IGUAL


Porque sería demasiado fácil —y demasiado irresponsable— afirmarlo.


Argentina 2026 no es Argentina 1980.


Tenemos equilibrio fiscal.


Tenemos un sistema financiero diferente.


Tenemos otro régimen cambiario.


Tenemos Vaca Muerta.


Tenemos minería.


Tenemos un potencial exportador muchísimo mayor.


Y tenemos una oportunidad histórica de transformar definitivamente nuestra capacidad de generar dólares.


Pero las leyes económicas siguen funcionando.


Si los precios internos aumentan sistemáticamente más rápido que el dólar, el tipo de cambio real se aprecia.


Si las tasas necesarias para sostener el equilibrio financiero terminan asfixiando crédito, consumo y producción, aparece un costo.


Si importar se vuelve progresivamente más conveniente que producir, aparece otro.


Y si la economía financiera prospera mientras la economía real se deteriora, tarde o temprano aparece una tensión política y social.


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POR ESO LA PREGUNTA NO ES SI VAN A LLEGAR LOS DÓLARES


Probablemente lleguen.


Vaca Muerta ya es una realidad.


La minería tiene un potencial extraordinario.


El agro seguirá generando divisas.


Y las inversiones que hoy se anuncian pueden modificar estructuralmente la balanza externa argentina.


La verdadera pregunta es otra:


¿LLEGARÁN LOS DÓLARES ANTES DE QUE LA ECONOMÍA REAL DEJE DE AGUANTAR?


Ese es el partido que está jugando el Gobierno.


No es Martínez de Hoz.


No es la Convertibilidad.


No es 2001.


Es un experimento nuevo que contiene elementos conocidos de nuestra historia económica.


Y justamente por haberlos conocido deberíamos prestarles atención.


Porque Argentina ya aprendió una lección demasiadas veces:


un dólar barato puede ser extraordinariamente popular.


Hasta el día en que deja de ser barato.


Y cuando una economía necesita tasas cada vez más altas, intervención cada vez mayor y sacrificios cada vez más grandes para sostener una determinada relación cambiaria, la pregunta deja de ser cuánto vale hoy el dólar.


La pregunta pasa a ser:


¿cuánto debería valer si mañana el Gobierno dejara de sostenerlo?


Martínez de Hoz creyó que la inflación terminaría convergiendo hacia el dólar.


No ocurrió.


Hoy volvemos a apostar a la convergencia.


Esta vez tenemos una enorme ventaja: los dólares de Vaca Muerta, el agro y la minería están en el horizonte.


Esperemos que lleguen antes que la realidad.

agosto 31, 2026

El día que Milei empezó a quedarse solo

 Javier Milei tuvo su momento.


Tuvo meses en los que parecía haber comprendido mejor que nadie el hartazgo de una sociedad cansada de inflación, déficit, privilegios, corrupción y una dirigencia política que durante décadas prometió soluciones mientras acumulaba problemas.

Llegó como el distinto. El economista que venía a romper todo. El hombre que decía lo que los políticos tradicionales no se animaban a decir. Y millones de argentinos, muchos sin ser libertarios, decidieron darle una oportunidad. Pero el poder tiene una característica implacable: termina mostrando a las personas sin maquillaje. Y tengo la sensación de que estamos entrando en esa etapa. El Milei disruptivo empieza a transformarse en un Presidente cada vez más encerrado en su propia interpretación de la realidad. Escucha números que confirman su éxito y parece rechazar aquellos que lo contradicen. La pobreza baja: festejo. El PBI crece: festejo. Vaca Muerta bate récords: festejo. La minería recibe inversiones: festejo. El agro genera dólares: festejo. Todo eso puede ser cierto. El problema es todo lo que queda afuera de esa fotografía. El comerciante que vende menos. La pyme que no encuentra demanda. La familia que financia alimentos con la tarjeta. La construcción que no termina de reaccionar. El trabajador que escucha hablar de crecimiento mientras revisa cuánto dinero le queda para terminar el mes. Esa Argentina también existe. Y probablemente sea bastante más numerosa que la Argentina que aparece en las presentaciones oficiales. El Presidente y su realidad Esta semana Milei volvió a hablar frente al círculo empresario en el Council of the Americas. Podía haber utilizado ese escenario para reconocer problemas, explicar correcciones y presentar una hoja de ruta para transformar la estabilización macroeconómica en crecimiento de la economía real. Eligió nuevamente el relato del éxito. Una economía que crece. Una inflación derrotada. Una Argentina encaminada. Quizás todos esos objetivos terminen cumpliéndose. Pero un Presidente no pierde autoridad por reconocer un problema. La pierde cuando millones de personas observan una realidad y desde el poder les explican que deberían estar viendo otra. Ahí comienza la desconexión. El insulto como método Hay además algo que excede completamente la economía. La degradación de la palabra presidencial. Un Presidente puede enfrentarse con periodistas. Puede considerar que un periodista miente. Puede desmentirlo, exponerlo y demostrar públicamente sus errores. Lo que resulta difícil de naturalizar es que el Presidente de la Nación convierta expresiones como “mierda humana”, “sorete” y otras descalificaciones en parte habitual de su comunicación. Eso no es liberalismo. Tampoco es rebeldía. Es degradación institucional. Porque existe una diferencia enorme entre ser políticamente incorrecto y perder las formas mínimas que exige representar a cuarenta y tantos millones de argentinos. Y cuanto más habitual se vuelve el insulto, menos fortaleza transmite. Llega un momento en que empieza a transmitir otra cosa. ¿Quién gobierna? También empiezan a aparecer preguntas que antes parecían secundarias. ¿Cuánto gobierna realmente Javier Milei? ¿Cuánto poder concentra Karina Milei? ¿Quién administra políticamente el Gobierno mientras el Presidente libra diariamente sus batallas culturales? La hermana presidencial dejó hace mucho tiempo de ser simplemente una colaboradora. Es una de las personas más poderosas de la Argentina. Y eso tampoco sería necesariamente un problema si existieran mecanismos claros de responsabilidad política. El problema aparece cuando el poder es enorme pero la rendición de cuentas es difusa. Los soldados de las redes
Milei llegó al poder gracias, entre otras cosas, a una maquinaria digital formidable.

Fernando Cerimedo fue una de las personas vinculadas a aquella construcción política y comunicacional.

Hoy Cerimedo está detenido en Bolivia e investigado por la Justicia de ese país por una gravísima acusación vinculada al ataque contra su expareja.

Será la Justicia la que determine responsabilidades. No corresponde condenarlo desde una columna periodística. Pero el episodio vuelve a mostrar algo que merece ser discutido: qué clase de ecosistema político y digital se construyó alrededor del fenómeno libertario. Porque la batalla cultural empezó siendo una discusión de ideas y terminó demasiadas veces convertida en ejércitos digitales dedicados a señalar enemigos, insultar periodistas y decidir quién es suficientemente libertario y quién merece ser expulsado del paraíso. Lo que realmente me preocupa Sin embargo, nada de esto es lo que más me preocupa. Me preocupa el liberalismo. Durante décadas, en Argentina defender equilibrio fiscal, propiedad privada, competencia, moneda sana, apertura económica y límites al Estado era prácticamente una excentricidad política. Milei consiguió algo extraordinario: puso esas ideas en el centro de la discusión nacional. Millones de jóvenes comenzaron a hablar de libertad económica. Conceptos que antes circulaban solamente en universidades, fundaciones y pequeños grupos intelectuales llegaron a millones de personas. Ese puede ser uno de sus grandes méritos históricos. Pero también puede convertirse en su peor legado. Porque si Milei termina asociando liberalismo con insultos, intolerancia, personalismo, agresión permanente y negación de cualquier realidad incómoda, el daño puede durar mucho más que su Presidencia. Ese es mi temor. Que después de Milei aparezca una generación que no recuerde el equilibrio fiscal. Que no recuerde la discusión sobre el tamaño del Estado. Que no recuerde la defensa de la propiedad privada. Que recuerde solamente los insultos. Y entonces el liberalismo vuelva a convertirse durante décadas en una mala palabra dentro de la política argentina. El poder siempre parece eterno Todos los gobiernos creen, durante algún momento, que encontraron una explicación definitiva de la realidad. Y todos descubren tarde o temprano que la sociedad es bastante más compleja. Las redes pueden amplificar. Los militantes pueden aplaudir. Los funcionarios pueden acercar estadísticas maravillosas. Pero finalmente existe una pregunta que ningún Presidente puede evitar: ¿La gente siente que vive mejor? Si la respuesta empieza a ser negativa, ningún algoritmo alcanza. Ningún ejército digital alcanza. Ningún insulto alcanza. Y ningún relato alcanza. Milei todavía tiene tiempo. Mucho más del que algunos creen y bastante menos del que probablemente imagina. Puede recuperar aquella capacidad de interpretar el hartazgo social que lo llevó hasta la Presidencia. Puede escuchar. Puede corregir. Puede entender que reconocer un problema no significa entregarse a la casta. Significa gobernar. Porque el riesgo que enfrenta Javier Milei ya no es solamente perder una elección. Es algo mucho más importante. Es pasar de ser el hombre que consiguió que millones de argentinos volvieran a discutir las ideas de la libertad... a convertirse en el hombre que logró que millones terminaran rechazándolas. Y si eso ocurre, la historia podría terminar siendo especialmente cruel con él:
Javier Milei habrá ganado la Presidencia en nombre del liberalismo y habrá terminado siendo quien más daño le hizo.

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