agosto 31, 2026

El día que Milei empezó a quedarse solo

 Javier Milei tuvo su momento.


Tuvo meses en los que parecía haber comprendido mejor que nadie el hartazgo de una sociedad cansada de inflación, déficit, privilegios, corrupción y una dirigencia política que durante décadas prometió soluciones mientras acumulaba problemas.

Llegó como el distinto. El economista que venía a romper todo. El hombre que decía lo que los políticos tradicionales no se animaban a decir. Y millones de argentinos, muchos sin ser libertarios, decidieron darle una oportunidad. Pero el poder tiene una característica implacable: termina mostrando a las personas sin maquillaje. Y tengo la sensación de que estamos entrando en esa etapa. El Milei disruptivo empieza a transformarse en un Presidente cada vez más encerrado en su propia interpretación de la realidad. Escucha números que confirman su éxito y parece rechazar aquellos que lo contradicen. La pobreza baja: festejo. El PBI crece: festejo. Vaca Muerta bate récords: festejo. La minería recibe inversiones: festejo. El agro genera dólares: festejo. Todo eso puede ser cierto. El problema es todo lo que queda afuera de esa fotografía. El comerciante que vende menos. La pyme que no encuentra demanda. La familia que financia alimentos con la tarjeta. La construcción que no termina de reaccionar. El trabajador que escucha hablar de crecimiento mientras revisa cuánto dinero le queda para terminar el mes. Esa Argentina también existe. Y probablemente sea bastante más numerosa que la Argentina que aparece en las presentaciones oficiales. El Presidente y su realidad Esta semana Milei volvió a hablar frente al círculo empresario en el Council of the Americas. Podía haber utilizado ese escenario para reconocer problemas, explicar correcciones y presentar una hoja de ruta para transformar la estabilización macroeconómica en crecimiento de la economía real. Eligió nuevamente el relato del éxito. Una economía que crece. Una inflación derrotada. Una Argentina encaminada. Quizás todos esos objetivos terminen cumpliéndose. Pero un Presidente no pierde autoridad por reconocer un problema. La pierde cuando millones de personas observan una realidad y desde el poder les explican que deberían estar viendo otra. Ahí comienza la desconexión. El insulto como método Hay además algo que excede completamente la economía. La degradación de la palabra presidencial. Un Presidente puede enfrentarse con periodistas. Puede considerar que un periodista miente. Puede desmentirlo, exponerlo y demostrar públicamente sus errores. Lo que resulta difícil de naturalizar es que el Presidente de la Nación convierta expresiones como “mierda humana”, “sorete” y otras descalificaciones en parte habitual de su comunicación. Eso no es liberalismo. Tampoco es rebeldía. Es degradación institucional. Porque existe una diferencia enorme entre ser políticamente incorrecto y perder las formas mínimas que exige representar a cuarenta y tantos millones de argentinos. Y cuanto más habitual se vuelve el insulto, menos fortaleza transmite. Llega un momento en que empieza a transmitir otra cosa. ¿Quién gobierna? También empiezan a aparecer preguntas que antes parecían secundarias. ¿Cuánto gobierna realmente Javier Milei? ¿Cuánto poder concentra Karina Milei? ¿Quién administra políticamente el Gobierno mientras el Presidente libra diariamente sus batallas culturales? La hermana presidencial dejó hace mucho tiempo de ser simplemente una colaboradora. Es una de las personas más poderosas de la Argentina. Y eso tampoco sería necesariamente un problema si existieran mecanismos claros de responsabilidad política. El problema aparece cuando el poder es enorme pero la rendición de cuentas es difusa. Los soldados de las redes
Milei llegó al poder gracias, entre otras cosas, a una maquinaria digital formidable.

Fernando Cerimedo fue una de las personas vinculadas a aquella construcción política y comunicacional.

Hoy Cerimedo está detenido en Bolivia e investigado por la Justicia de ese país por una gravísima acusación vinculada al ataque contra su expareja.

Será la Justicia la que determine responsabilidades. No corresponde condenarlo desde una columna periodística. Pero el episodio vuelve a mostrar algo que merece ser discutido: qué clase de ecosistema político y digital se construyó alrededor del fenómeno libertario. Porque la batalla cultural empezó siendo una discusión de ideas y terminó demasiadas veces convertida en ejércitos digitales dedicados a señalar enemigos, insultar periodistas y decidir quién es suficientemente libertario y quién merece ser expulsado del paraíso. Lo que realmente me preocupa Sin embargo, nada de esto es lo que más me preocupa. Me preocupa el liberalismo. Durante décadas, en Argentina defender equilibrio fiscal, propiedad privada, competencia, moneda sana, apertura económica y límites al Estado era prácticamente una excentricidad política. Milei consiguió algo extraordinario: puso esas ideas en el centro de la discusión nacional. Millones de jóvenes comenzaron a hablar de libertad económica. Conceptos que antes circulaban solamente en universidades, fundaciones y pequeños grupos intelectuales llegaron a millones de personas. Ese puede ser uno de sus grandes méritos históricos. Pero también puede convertirse en su peor legado. Porque si Milei termina asociando liberalismo con insultos, intolerancia, personalismo, agresión permanente y negación de cualquier realidad incómoda, el daño puede durar mucho más que su Presidencia. Ese es mi temor. Que después de Milei aparezca una generación que no recuerde el equilibrio fiscal. Que no recuerde la discusión sobre el tamaño del Estado. Que no recuerde la defensa de la propiedad privada. Que recuerde solamente los insultos. Y entonces el liberalismo vuelva a convertirse durante décadas en una mala palabra dentro de la política argentina. El poder siempre parece eterno Todos los gobiernos creen, durante algún momento, que encontraron una explicación definitiva de la realidad. Y todos descubren tarde o temprano que la sociedad es bastante más compleja. Las redes pueden amplificar. Los militantes pueden aplaudir. Los funcionarios pueden acercar estadísticas maravillosas. Pero finalmente existe una pregunta que ningún Presidente puede evitar: ¿La gente siente que vive mejor? Si la respuesta empieza a ser negativa, ningún algoritmo alcanza. Ningún ejército digital alcanza. Ningún insulto alcanza. Y ningún relato alcanza. Milei todavía tiene tiempo. Mucho más del que algunos creen y bastante menos del que probablemente imagina. Puede recuperar aquella capacidad de interpretar el hartazgo social que lo llevó hasta la Presidencia. Puede escuchar. Puede corregir. Puede entender que reconocer un problema no significa entregarse a la casta. Significa gobernar. Porque el riesgo que enfrenta Javier Milei ya no es solamente perder una elección. Es algo mucho más importante. Es pasar de ser el hombre que consiguió que millones de argentinos volvieran a discutir las ideas de la libertad... a convertirse en el hombre que logró que millones terminaran rechazándolas. Y si eso ocurre, la historia podría terminar siendo especialmente cruel con él:
Javier Milei habrá ganado la Presidencia en nombre del liberalismo y habrá terminado siendo quien más daño le hizo.

agosto 25, 2026

EL DÍA QUE MILEI DESPERDICIÓ SU OPORTUNIDAD HISTÓRICA

Javier Milei tuvo algo que muy pocos presidentes argentinos tuvieron: permiso social para hacer casi cualquier cosa.

Asumió en diciembre de 2023 con una economía destruida, inflación descontrolada, reservas exhaustas, precios relativos desacomodados y una sociedad que sabía perfectamente que venía un ajuste.

Tenía, además, algo políticamente invaluable: la herencia.

Podía sincerar tarifas. Podía corregir el tipo de cambio. Podía reordenar precios relativos. Podía comenzar una reforma profunda del Estado. Podía absorber buena parte del costo político durante los primeros meses y decir una verdad que prácticamente toda la sociedad estaba dispuesta a escuchar:

“Esto es lo que recibimos.”

Era el momento.

El único momento.

Porque los gobiernos pueden explicar la herencia durante seis meses, quizás durante un año. Después empiezan a ser propietarios de sus propios resultados.

Y hoy la economía ya es de Milei.

El Gobierno consiguió cosas importantes. Evitó una hiperinflación, consiguió equilibrio fiscal y redujo brutalmente la velocidad a la que aumentaban los precios.

Negarlo sería intelectualmente deshonesto.

Pero también sería intelectualmente deshonesto mirar únicamente esos indicadores.

Porque mientras la macroeconomía festeja, una parte importante de la microeconomía agoniza.

Las pymes cierran.

La construcción continúa golpeada.

Buena parte de la industria pelea contra costos argentinos expresados en dólares que se volvieron extraordinariamente elevados.

El comercio espera consumidores que no aparecen.

Y la clase media argentina, aquella que históricamente fue el gran amortiguador social del país, siente que cada mes necesita resignar un poco más para conservar el mismo nivel de vida.

Mientras tanto, tres enormes motores mantienen funcionando la máquina de generar divisas:

el agro, Vaca Muerta y la minería.

Bienvenidos sean.

Argentina necesita desesperadamente esos dólares.

Pero confundimos peligrosamente que tres sectores extraordinariamente competitivos estén creciendo con que toda la economía esté creciendo de la misma manera.

No es lo mismo.

Una plataforma petrolera puede producir récords mientras cierra un comercio.

Una mina puede exportar millones mientras una pyme despide empleados.

El campo puede tener una cosecha extraordinaria mientras una familia deja de consumir.

Los promedios nacionales pueden esconder tragedias particulares.

El dólar que nadie quiere discutir

Después aparece el elefante dentro de la habitación: el tipo de cambio.

Argentina volvió a convertirse en un país caro en dólares.

No hace falta ser devaluacionista para señalarlo.

Cuando durante un período prolongado los precios internos y los costos suben más rápido que el dólar, existe apreciación cambiaria real.

Eso favorece algunas cosas: viajar, importar y consumir determinados bienes del exterior.

Pero castiga otras: producir localmente, exportar desde sectores menos competitivos y competir contra productos importados.

Y el problema no se resuelve acusando de “devaluacionista” a cualquiera que haga una cuenta.

Los números no tienen ideología.

Tenemos inflación en pesos y, simultáneamente, inflación medida en dólares.

Una combinación extraordinariamente incómoda.

Y ahora queremos volver al descalce

En ese contexto aparece una idea que, como argentino, me preocupa profundamente: flexibilizar el acceso al crédito en dólares para empresas que no necesariamente generan dólares.

Ya conocemos esa película.

Una empresa que factura dólares puede endeudarse en dólares porque tiene una cobertura natural.

Pero una empresa que factura pesos y debe dólares tiene un problema muy diferente.

Mientras el tipo de cambio permanece estable parece maravilloso: tasas más bajas, financiamiento barato y dólares ociosos que comienzan a trabajar.

Hasta que el dólar se mueve.

Entonces descubrimos nuevamente algo elemental:

la deuda quedó en dólares y los ingresos quedaron en pesos.

Argentina pagó demasiado caro para aprender qué significa un descalce de monedas como para volver a experimentar alegremente con él.

Y además estamos confundiendo el problema.

Muchas pymes hoy no están pidiendo desesperadamente crédito.

Están pidiendo clientes.

No necesitan primero endeudarse para producir más.

Necesitan vender lo que ya producen.

La obsesión

El Gobierno parece haber convertido la inflación en su batalla definitiva.

Y bajar la inflación es absolutamente necesario.

Pero existe una pregunta que tarde o temprano deberá responder:

¿a qué costo?

¿Cuánto empleo?

¿Cuánto salario?

¿Cuánto consumo?

¿Cuántas empresas?

¿Cuánta construcción?

¿Cuánta actividad estamos dispuestos a sacrificar para conseguir el próximo punto de desinflación?

Porque una sociedad puede soportar un enorme sacrificio durante un tiempo si percibe que existe una recompensa adelante.

Lo que ninguna sociedad concede indefinidamente es sacrificio a cambio de estadísticas.

El superávit tampoco puede ser cualquier superávit

Defiendo el equilibrio fiscal.

Argentina no puede volver al déficit permanente financiado con emisión.

Ese debate debería estar terminado.

Pero también debemos discutir la calidad del superávit.

No es lo mismo alcanzar equilibrio fiscal aumentando eficiencia, eliminando privilegios y reduciendo estructuras inútiles que conseguirlo paralizando infraestructura indispensable o dejando sin ejecutar recursos recaudados con destinos específicos.

Un país no puede solucionar su déficit financiero fabricándose un déficit de infraestructura.

Porque las rutas que hoy no mantenemos serán las rutas que mañana habrá que reconstruir pagando mucho más.

Eso no es ahorro.

Es gasto diferido.

Y acá aparece la política

El mayor error del oficialismo puede ser creer que su único adversario en 2027 será el kirchnerismo.

Quizás no.

Puede aparecer algo mucho más peligroso para Milei:

una alternativa de derecha.

Una fuerza que defienda equilibrio fiscal.

Que defienda la propiedad privada.

Que promueva inversiones.

Que mantenga una economía abierta.

Pero que, al mismo tiempo, prometa previsibilidad, instituciones, producción, diálogo y una convivencia política menos agresiva.

Una derecha que no necesite insultar para demostrar autoridad.

Una derecha que entienda que gobernar no consiste solamente en derrotar adversarios, sino también en sumar argentinos.

Si aparece esa alternativa con dirigentes competitivos y un equipo económico razonable, el problema electoral de Milei podría dejar de estar enfrente.

Podría aparecer a su derecha.

Porque competir contra el kirchnerismo le permite al Gobierno discutir el pasado.

Competir contra otra alternativa promercado lo obligaría a defender su propio presente.

Y ahí la discusión sería completamente diferente.

El riesgo de convertirse en una anécdota

Todavía falta mucho.

El Gobierno tiene tiempo para corregir.

Puede recuperar actividad. Puede conseguir inversiones. Puede recomponer ingresos. Puede profundizar reformas y convertir la estabilización financiera en crecimiento genuino.

Pero el reloj empezó a correr.

Y cuanto más tiempo pase, menos servirá hablar de la herencia

Porque llegará un momento en que la sociedad hará una pregunta brutalmente sencilla:

“¿Estoy mejor?”

No preguntará cuánto cayó el déficit.

No preguntará cuánto aumentó la producción petrolera.

No preguntará cuántos dólares exportó la minería.

Mirará su sueldo.

Su negocio.

Su empleo.

Su alquiler.

Su tarjeta.

Su capacidad de ahorrar.

Su futuro.

Milei tuvo una oportunidad histórica.

Tuvo respaldo social para realizar transformaciones que ningún presidente argentino había podido siquiera imaginar.

Todavía puede aprovecharla.

Pero si termina obsesionado con ganar cada discusión mientras la economía real pierde vitalidad, podría ocurrir una de las mayores paradojas políticas de nuestra historia reciente:

haber ganado la batalla contra la inflación y haber perdido a quienes tuvieron que pagarla.

Y entonces Javier Milei, aquel hombre que llegó prometiendo cambiar la Argentina para siempre, podría descubrir que la historia tenía reservado para él un lugar mucho más pequeño.

El de una anécdota.

Y quizá su sucesor solamente necesite cuatro o cinco decisiones sensatas para recoger los frutos de un enorme sacrificio que pagaron otros.

Ese sería el peor final para Milei.

No que todo lo que hizo haya estado mal.

Sino que después de hacer pagar a la sociedad un costo gigantesco, sea otro el que termine inaugurando la recuperación.

Archivo del blog