La economía argentina comienza a mostrar señales cada vez más claras de un escenario incómodo: inflación que desciende lentamente mientras la actividad económica pierde dinamismo. Esta combinación, conocida como estanflación, se está convirtiendo en uno de los principales desafíos del programa económico.
El gobierno ha logrado un objetivo central: ordenar las cuentas fiscales y frenar la emisión monetaria. Sin embargo, el proceso de desinflación avanza a un ritmo más lento de lo esperado, lo que mantiene elevados los niveles de inflación mensual y dificulta la consolidación de expectativas de estabilidad. Al mismo tiempo, la política monetaria contractiva aplicada para reducir la inflación está generando un enfriamiento de la economía. Menos liquidez real implica menor nivel de actividad, un fenómeno que ya comienza a reflejarse en distintos indicadores. A este escenario se suma otro punto sensible: el tipo de cambio. El actual nivel del dólar luce apreciado en términos reales, lo que ayuda a contener la inflación en el corto plazo al abaratar importaciones. Pero esta situación también tiende a estimular la demanda de divisas por parte de los ahorristas. Si esa demanda continúa creciendo, podrían reaparecer tensiones cambiarias en algún momento del año. En ese caso, el gobierno enfrentará decisiones complejas: permitir una corrección del tipo de cambio, reinstalar restricciones cambiarias o recurrir a financiamiento externo para sostener el equilibrio. En definitiva, el desafío para la economía argentina no será solo bajar la inflación, sino hacerlo sin profundizar una recesión prolongada ni generar nuevos desequilibrios que terminen postergando la estabilidad de largo plazo.Ahora bien, la estabilidad cambiaria observada en los últimos meses no debería interpretarse como señal de llegada. Buena parte de esa calma descansa en un esquema de tasas reales elevadas frente a un tipo de cambio que se ajusta lentamente. Ese equilibrio, más que fortaleza, delata fragilidad: sostiene la nominalidad, pero enfría la actividad y castiga a amplios segmentos del entramado productivo orientado al mercado interno.
Si el objetivo es que 2026 marque un punto de inflexión en términos de crecimiento, la reactivación no puede apoyarse únicamente en el freno inflacionario. Necesita volumen, crédito y circulación monetaria, sin que eso implique volver a una dinámica de desequilibrios. Allí aparece un punto central: la expansión monetaria destinada a fortalecer el balance del Banco Central no es equivalente a financiar déficits. Cuando la emisión tiene como contrapartida reservas, el efecto sobre expectativas y riesgo es radicalmente distinto.
La clave está en la disciplina fiscal. Mientras el sector público cubra sus compromisos —tanto en moneda local como extranjera— sin recurrir al financiamiento monetario, la única fuente de creación de dinero será la compra de divisas. En ese contexto, la mayor liquidez no presiona sobre el dólar: alimenta demanda, crédito y actividad. La monetización deja de ser un problema y pasa a ser parte de la solución.
El problema aparece cuando el sistema se apoya en tasas reales excesivas. Ese nivel de rendimientos no responde a fundamentos productivos, sino a la persistencia de restricciones cambiarias y a la incertidumbre sobre su salida. El resultado es conocido: flujos financieros de corto plazo, atraso relativo del tipo de cambio real y una economía que posterga decisiones de inversión. La historia argentina ofrece suficientes ejemplos de cómo ese sendero termina en correcciones abruptas.
La salida ordenada exige decisiones de fondo. Un mercado cambiario unificado, sin castigos regulatorios ni amenazas de reversión, permitiría reducir primas de riesgo y alinear tasas domésticas con el costo de capital de una economía en crecimiento. En ese esquema, el crédito puede expandirse sin generar tensiones, y el Banco Central concentrarse en su función principal: administrar liquidez y fortalecer reservas.
También hay un impacto fiscal que no debe subestimarse. Tasas reales altas encarecen el servicio de la deuda en pesos y desplazan recursos que podrían destinarse a infraestructura, logística y competitividad. Sostener la desinflación a fuerza de anclar la moneda termina siendo más costoso que efectivo.
La experiencia reciente —y no tan reciente— muestra que acumular reservas vía arbitrajes financieros es pan para hoy y estrés para mañana. Cuando cambian las condiciones externas o internas, esos flujos se evaporan, el tipo de cambio salta y la credibilidad se resiente. Evitar ese ciclo no requiere ingeniería sofisticada, sino reglas claras: endeudamiento público sin tasa fija en moneda local, plazos más largos y un sistema financiero que asigne crédito según riesgo y no por distorsiones regulatorias.
La normalización cambiaria y financiera no es un complemento de las reformas estructurales: es su condición previa. Con una economía en movimiento, las transformaciones laborales, impositivas y de apertura comercial son políticamente viables y económicamente efectivas. En recesión, se vuelven defensivas y estériles.
En definitiva, la reactivación sostenible no vendrá de exprimir el carry ni de celebrar la quietud del dólar. Vendrá de reconstruir la moneda, bajar el costo del capital y devolverle oxígeno al mercado interno. Las reservas son el punto de partida; la secuencia de políticas es lo que define si esta vez el proceso termina distinto,