febrero 02, 2026

Cuando el mundo vuelve a crujir: metales, deuda y el riesgo de quedar afuera

La crisis financiera global de 2008 dejó una enseñanza que el mercado suele olvidar rápido: los desequilibrios no desaparecen, se trasladan en el tiempo. Dieciséis años después, el sistema vuelve a mostrar grietas profundas, aunque esta vez el epicentro no es un banco de inversión puntual, sino el corazón mismo del orden monetario internacional.

El movimiento de los metales preciosos no es casual ni especulativo. El oro acercándose a la zona de USD 4.700 y una plata que comienza a acelerar en lo que técnicamente puede leerse como una fase 3 de mercado alcista, no reflejan euforia, sino desconfianza. Desconfianza en las monedas, en la deuda soberana y en la capacidad de los Estados para honrar compromisos sin licuar valor.

El dólar, todavía dominante por inercia, empieza a mostrar signos de fatiga estructural. No colapsa, pero pierde centralidad. Los términos de intercambio globales comienzan a correrse hacia esquemas que evitan al billete estadounidense, mientras las principales potencias ajustan silenciosamente sus carteras. Japón y China —los dos mayores tenedores de bonos del Tesoro norteamericano— están reduciendo exposición. Japón, además, subió la tasa de su bono a 40 años a niveles no vistos desde 2007, una señal inequívoca: el dinero barato de décadas llegó a su límite.

Cuando los grandes acreedores dejan de financiar cómodamente al deudor principal del sistema, el riesgo no es solo financiero: es sistémico. Las bolsas globales, que todavía operan con múltiplos exigentes y optimismo selectivo, parecen ignorar un escenario que recuerda peligrosamente a los meses previos a la crisis subprime. Liquidez más cara, crecimiento más débil y activos financieros inflados suelen ser una combinación explosiva.

En ese contexto, los metales no suben: se refugian. Y cuando el refugio se vuelve masivo, el mensaje es claro.

Ahora bien, ¿qué implica todo esto para Argentina?

En un mundo que empieza a castigar el riesgo y a premiar la solidez, Argentina llega en la peor de las posiciones posibles. Con un riesgo país rondando los 500 puntos, sin acceso al mercado voluntario de crédito y con reservas que no logran consolidarse, el país queda expuesto a cualquier shock externo. No hay margen para errores ni para depender de un viento de cola que ya no existe.

Mientras el capital global se vuelve selectivo y huye de la deuda débil, Argentina sigue siendo percibida como un emisor sin ancla creíble de largo plazo. En un escenario de estrés financiero internacional, los países sin financiamiento externo no solo quedan afuera: quedan vulnerables. Cada ajuste global endurece las condiciones internas, presiona el tipo de cambio, encarece el crédito y reduce aún más el margen de maniobra.

La paradoja es brutal: mientras el mundo discute cómo proteger valor ante el deterioro de las monedas fiat, Argentina todavía discute cómo sobrevivir sin mercado de capitales. Y cuando el ciclo global se da vuelta, no hay narrativa que reemplace a la solvencia.

La historia muestra que las crisis globales no golpean a todos por igual. Golpean más fuerte a quienes llegan endeudados, sin reservas y sin credibilidad. Y esta vez, el temblor no parece menor.

El mercado ya empezó a moverse. La pregunta no es si habrá corrección, sino quiénes estarán parados cuando llegue.

enero 20, 2026

2026: entre la estabilidad buscada y las tensiones que no desaparecen

 El inicio de 2026 encuentra a la economía argentina transitando un sendero frágil, sostenido más por decisiones tácticas que por una arquitectura macroeconómica robusta. El Gobierno vuelve a ajustar el rumbo monetario y cambiario, no como resultado de un plan de largo plazo, sino como reacción a los límites que el propio esquema fue encontrando en el camino.

En poco más de dos años se sucedieron múltiples configuraciones de política económica. Cada una prometió ser la definitiva; ninguna logró consolidarse. Esta dinámica revela un problema de fondo: la estabilidad alcanzada es transitoria y depende de condiciones que no pueden sostenerse indefinidamente.

La estrategia actual descansa en un delicado equilibrio. Por un lado, se busca preservar la desaceleración inflacionaria mediante un control estricto de la cantidad de dinero. Por otro, se pretende recomponer reservas y reactivar el crédito, objetivos que, en la práctica, entran en tensión. Emitir para acumular dólares implica riesgos evidentes en una economía con una demanda de pesos estructuralmente inestable y un historial que desalienta el ahorro en moneda local.

El esquema cambiario refuerza esa fragilidad. Aunque formalmente se presenta como un sistema de bandas, en los hechos el mercado opera permanentemente cerca del límite superior. Esto deja un margen mínimo para absorber shocks externos o internos. Cualquier ruido —local, regional o global— amenaza con poner a prueba la credibilidad del Banco Central, que además carece de un colchón de reservas suficiente para intervenir con contundencia.

Mientras tanto, la economía real empieza a mostrar signos de fatiga. Con un tipo de cambio que no acompaña los costos internos, la competitividad se deteriora. Sectores orientados al mercado interno y a la exportación ven comprimidos sus márgenes, lo que limita la inversión, el empleo y la capacidad de crecimiento. La microeconomía no convalida el relato de estabilidad: produce menos, vende menos y contrata menos.

El problema de fondo sigue siendo el mismo de los últimos quince años: sin crecimiento sostenido, la macro no cierra. La solvencia fiscal intertemporal, la estabilidad cambiaria y la baja inflación no pueden sostenerse solo con ajustes sucesivos y fuentes transitorias de dólares. Blanqueos, incentivos puntuales, endeudamiento selectivo o asistencia externa pueden ganar tiempo, pero no reemplazan una estrategia de desarrollo.

El riesgo es conocido: cuanto más se postergan los ajustes de fondo, más se acumulan las tensiones debajo de la superficie. Cuando el esquema deja de funcionar, la corrección suele ser abrupta y costosa. La historia argentina ofrece demasiados ejemplos como para ignorarlo.

El desafío de 2026 no es sostener artificialmente la calma, sino transformar esa calma en un proceso consistente y duradero. Sin crecimiento, sin inversión genuina y sin una moneda que vuelva a ser demandada por la sociedad, la estabilidad seguirá siendo un espejismo. Y los espejismos, tarde o temprano, se disipan.

enero 05, 2026

Inflación, salarios y un equilibrio frágil: el límite del plan económico

Uno de los principales logros que el Gobierno exhibe desde el inicio de su gestión es la desaceleración de la inflación. Tras partir de niveles mensuales extraordinarios a fines de 2023, el IPC mostró una tendencia descendente durante buena parte de 2024 y comienzos de 2025. Sin embargo, detrás de esa dinámica aparecen señales que obligan a mirar el fenómeno con mayor cautela, tanto por la forma en que se mide como por la consistencia del esquema macroeconómico que lo sostiene.

El primer punto crítico es estadístico. El índice de precios al consumidor continúa utilizando ponderaciones de gasto que no reflejan adecuadamente la estructura actual de consumo de los hogares. Servicios esenciales como electricidad, gas, medicamentos y otros gastos rígidos tienen un peso relativamente bajo en el IPC oficial, pese a haber aumentado muy por encima del promedio general en los últimos años. Esto genera dos distorsiones relevantes: por un lado, la inflación medida tiende a subestimar el impacto real del aumento del costo de vida; por otro, el poder adquisitivo de los salarios aparece sobrestimado en las estadísticas oficiales.

Esta cuestión no es menor. Existen ponderaciones alternativas más actualizadas que reflejan mejor el patrón real de gasto de las familias, pero que aún no se aplican en la medición oficial. Cuando se utiliza esa estructura de consumo más realista, la conclusión es clara: la pérdida de poder de compra de los ingresos es sensiblemente mayor a la que muestran los datos difundidos, con implicancias directas sobre consumo, pobreza y bienestar.

El segundo eje a considerar es monetario. La desaceleración inflacionaria no fue lineal. Durante 2025 se observó un punto de inflexión: tras tocar un piso, la inflación dejó de bajar y volvió a acelerarse. Esto coincidió con un período de fuerte expansión del crédito y de los agregados monetarios en términos reales, especialmente entre mediados de 2024 y mediados de 2025. Más pesos y más crédito, en un contexto de expectativas frágiles, terminaron reactivando las presiones inflacionarias.

Recién en los últimos meses se produjo un giro: contracción monetaria real, menor impulso crediticio y un mayor control sobre la cantidad de dinero. En paralelo, el tipo de cambio se mantuvo relativamente estable. Bajo estas condiciones, comenzaron a aparecer señales incipientes de desaceleración en precios mayoristas y costos de construcción, que históricamente anteceden a una moderación del IPC minorista.

Sin embargo, este sendero está lejos de ser automático o sostenible. Para que la inflación vuelva a bajar se requiere que confluyan simultáneamente varias condiciones difíciles de sostener en el tiempo: estabilidad cambiaria, disciplina monetaria estricta y una demanda de dinero que no se deteriore. En un país con una larga historia de desconfianza hacia la moneda local, apostar a que los pesos se transformen en un activo de ahorro duradero es, como mínimo, arriesgado.

A esto se suma el frente laboral. Los datos más recientes muestran una caída persistente del empleo privado registrado, muy superior a la reducción observada en el sector público. También se destruyeron puestos en el empleo formal de casas particulares. Esta dinámica erosiona la capacidad de recuperación del consumo y limita la posibilidad de que una mejora macroeconómica se traduzca rápidamente en mayor actividad.

El resultado es un esquema que logra resultados positivos solo bajo un conjunto muy específico de condiciones, difíciles de mantener de forma permanente. Mientras el dólar esté contenido, la liquidez restringida y la demanda de dinero no colapse, la inflación puede moderarse. Pero cuando alguna de estas variables se desalinean —algo recurrente en la historia argentina— las tensiones reaparecen con rapidez.

En definitiva, el problema no es solo la inflación actual, sino la fragilidad del mecanismo que permite bajarla. Sin crecimiento sostenido, sin recomposición del empleo privado y sin un ancla de confianza duradera en la moneda, los avances logrados corren el riesgo de ser transitorios. La economía argentina vuelve a enfrentar el desafío de siempre: transformar un alivio coyuntural en un equilibrio estable, algo que hasta ahora sigue pendiente.

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